Resulta que cuando el tiempo sigue corriendo y los espacios cruzan como ráfagas airosas por mi lado, deseo encontrar un rincón alejado de toda ley, de toda física. Un espacio inconmensurable que espere mi llegada para acogerme, para abrazarme, para permitirme cerrar los ojos y explorar aquella extraña y sicodélica mansión que habita en mi mente. Pues al hombre se le olvida que soy humano y que deseo asir cada momento con fuerza, sujetarlo, observarlo, olerlo, abrazarlo. Al hombre se le olvida que soy humano y viene con rabia, me quita cada momento y lo lanza a latitudes que mi cuerpo (y quizás mi mente) jamás podrá alcanzar, obligándome a inmiscuirme en el cruel tiempo que no conoce el perdón pero sí el olvido. Me obliga a ser parte de aquella máquina, puta máquina, que jamás se detiene y que solo desea hacerme un engranaje para lograr su objetivo. Eso soy (somos): Engranajes carentes de voluntad dispuestos de tal manera que buscamos crear la inexistente perfección. ¿Curioso no? El hombre, voluntariamente, reprime su voluntad.
Soy humano, pero al hombre se le olvida. Quiero jugar mi rol, pero apenas la idea cruza mi mente, soy expulsado de la máquina, quedando relegado a un pequeño y sordo lugar, rebelde a las leyes que nosotros mismos nos hemos impuesto.
Resulta que a veces quisiera ser humano, sentarme, abrazar mis piernas y entrar en mi propia mansión que, en estos días, es el único lugar en el que se me permite ser quien soy.
Bajo una Servilleta
Entra, lee, enfermate y luego ve a vomitar al WC más cercano
miércoles, 14 de septiembre de 2011
sábado, 9 de julio de 2011
Mis amigos
A MT, que sabe que encontrará algo de él aquí.
''No te apurís tanto mujer, si todavía falta para las ocho. ¿Cómo tan ingrata? venís recién llegando y ya querís irte al trabajo sin siquiera preguntarme como han estado las cosas. Si sé que erís trabajólica, no me pongas esa cara, pero las amistades son amistades ¿O no? Puta que estás cambiada, si cuando te fuiste hablabas más que la pobre de la Mariana. La Mariana pos, ¿No te acordai de ella? Da lo mismo. Jajá, en serio da lo mismo. ¿Y tú? supe que fue todo un éxito tu estadía allá, ¿Muchos minos ricos? La Pepa me dijo que venías casada, en todo caso nunca le creí, tú sabes cómo es de cahuinera esa mina. Lo que es yo, aquí me tienes, atada al estudio, supierai cuantas causas me pasó el imbécil del Ricardo. Mejor, así tengo la mente ocupada. Y obviamente soltera, ni cagando me amarro, por lo menos hasta que aparezca un huevón decente. No, no. Con el Brunnet ya hace rato que no pasa nada. El mino anda en otra y no lo he visto hace mucho. Dejó la carrera en quinto con la Mariana y se fueron a estudiar Literatura, a Juan Gómez Millas. Lo último que supe fue que los dos habían terminado porque esta mina se había acostado con el Toño Guzmán. No sé si será cierto, pero la verdad es que el Joaco Brunnet se viró quien sabe dónde.
Sí huevona, si yo estaba súper enganchada del loco. Me acuerdo cuando la Cote Castro hizo el carrete en el departamento de su viejo. Ahí el tipo estaba sentado como imbécil, solo y con un vaso de ron en la mano. Yo estaba media curá, tú me conocís po, así que me acerqué, le hice un gesto con la mano y nos fuimos a bailar. No llevábamos ni dos minutos en eso cuando le agarré la cara y me lo comí. Era rico el mino. Después de un rato yo estaba demasiado caliente. Él igual, se le notaba. Subimos a la pieza de la Cote y tiramos. ¡Ah! Si me acuerdo y me da como una cosa en la guata. La pasé bien con el Brunnet. Ya a la semana nos pusimos a pololear y yo era la envidia de la escuela. Las minas de segundo que siempre lo seguían me miraban con odio huevona ¿Te acordai? Quizás no, en esa época no nos juntábamos mucho. Además tú ya estabas trabajando e ibas poco a la facultad. Mira, para que te voy a mentir. Me enamoré del Joaco. Tanto que olvidé lo que pasaba a mi alrededor, me volví mamona, no era nadie sin él. Tanto que cuando él no iba a la U, yo me devolvía a mi casa sufriendo. Tanto que me eché como dos o tres ramos. Mi mamá me quería matar. Fue algo medio sicótico, pero entiéndeme, yo lo amaba más que la mierda. El Joaco igual me quería pero se notaba que mucho menos que yo. Estuvimos juntos como un año y medio, terminamos unos meses después que tú te fueras. Se metió la Mariana. Me dolió mucho porque era mi amiga, mi mejor amiga. Ella hizo un carrete en su departamento. Siempre hacía carretes, total vivía sola y nadie se lo impedía. Estábamos todos medios tristes porque el antipático de González, el profe de civil, ¿Te acuerdas?, ya pues, él, nos rajó a todos en el examen, así que lo único que queríamos era pasar las penas. Nos fuimos a su departamento y tomamos mucho. Yo con el Alfredo Tapia nos tomamos un vodka y quedamos muy mal. Nos fuimos a dormir y este huevón se me tiró encima. Yo estaba tan borracha que me lo comí, pero no pasó nada más. Como a eso de las seis de la mañana desperté, y me dolía un poco la guata así que me levanté para ir al baño. La puerta de la pieza de la Mariana estaba medio abierta. Se escuchaban unos gemidos. Miré y el corazón se me apretó. Me quería morir. Pesqué mis huevadas y le grité un par de insultos al Brunnet. La Mariana se llevó lo peor pues apenas se dio cuenta de que los había visto, se levantó para darme explicaciones, yo no la oí y solo atiné a darle una cachetada que sonó tan fuerte que despertó a todos. Me fui llorando. Fue tan heavy el golpe que no volví a la U en un buen tiempo y solo iba a dar las pruebas. El Alfredo fue un apoyo. Un gran apoyo que valoro mucho porque lo que vino después fue peor, pues esta mina empezó a pololear con el Brunnet. El huevón andaba baboso detrás de esa cerda. Ella no lo pescaba mucho (¿Te das cuenta de las vueltas de la vida?), pero aún así no la volví a hablar. Ni a ella, ni al Brunnet ni a nadie del grupo. Igual sirvió porque maduré de golpe, empecé a estudiar y subí mis notas. Cuando pasé a quinto, con el Alfredo nos ganamos una beca para hacer una pasantía en Nueva York. Nos fuimos meses después y volvimos el segundo semestre de ese año. En la U estaba todo cambiado. La Mariana y el Brunnet se habían ido. La Cote Castro había congelado la carrera. Cayó en una depresión muy profunda luego de que la Vale se suicidara. ¿No te acordai de ella? Era la mina con la que siempre andaba. Esa misma. Igual la Castro fue bien maricona porque se acostó con el mino de esta huevona, que en paz descanse. Lo mismo que me pasó a mí, solo que yo no estoy tan cagada de la cabeza. Ni cagando me suicidaría por un hombre. El resto del grupo se separó. Cada uno vivía su vida, pensando luego en salir de esa facultad que puta que te hace mal.
Ella llegó en una época bien oscura de mi vida. Mi papá se había ido de la casa y mi mamá estaba saliendo con un tipo unos doce o trece años menor. Se había peleado con toda la familia y estábamos solas. Mi papá había conocido a una huevona más antipática que la mierda y juntos se habían ido a vivir a Valparaíso. Entre tanto problema yo me sentía demasiado sola. Además en la U eran (y son) todos muy raros y por eso tenía pocos amigos. Todavía me acuerdo cuando bajé al casino a almorzar. Estaban todas las mesas llenas excepto una en donde estaba una mina con lentes, gordita y medio morena comiendo sola. Me acerqué a preguntarle si podía sentarme con ella. Allí nos conocimos. La Mariana era demasiado buena persona. No conocía mucho Santiago pues era de San Vicente (que, a todo esto, aún no sé dónde queda). Yo la invitaba a pasear y le mostraba lugares geniales de la capital. Así nos hicimos muy amigas. Carreteábamos, estudiábamos y nos íbamos de vacaciones juntas. Éramos tan amigas que hasta la regla nos llegaba el mismo día. Nuestro grupo fue creciendo de a poco. ¿Te acordai que una vez tuvimos que juntar tres mesas para que pudiéramos almorzar todos? Fue una buena época. Salíamos y nos curábamos hasta morir. Nunca me lo dijo, pero le molestaba un poco cuando yo me comía a algún mino. Se ponía celosa, para que entiendas lo fuerte de nuestra amistad. Nos conocíamos enteras: ¡Yo era la única que sabía que tenía un lunar en el poto! Ni su mamá sabía, para que captes. Ella me apoyó mucho con el tema de la separación de mis padres. Estábamos siempre juntas, éramos verdaderas hermanas. A ella nunca le vi un mino, para serte sincera. Igual a veces se comía a uno que otro huevón, pero le cargaba pololear. Nos parecíamos mucho. No nos gustaba engancharnos de nadie. Hasta que conocí al Brunnet. Un día llegó a almorzar con el grupo. Era conocido del Jaime Valladares, que tú conoces mejor que nadie, no te hagas la lesa. Nunca hablamos mucho pero yo sentía cosas fuertes por él. Un día, después de clases le conté a la Mariana. Ella me dio mil motivos de porqué tenía que sacarlo de mi mente. Que era un maricón, que no tomaba en serio a las mujeres, que era gay, que estaba enfermo, que era feo. Esta mina me lavó el cerebro y yo, aún no sé porqué, le hice caso y traté de olvidarlo. Una tarde estaba tirada en mi cama. Aburrida. Sonó mi teléfono. Era la Castro. Me llamaba para contarme que el Brunnet quería juntarse conmigo, que parece que andaba detrás de mí. Yo me emocioné y apenas corté, llamé a la Mariana para contarle todo. Que fui huevona. Obviamente ella me retó mucho. Incluso me trató de oligofrénica por haber siquiera pensado en juntarme con él. Yo, la muy tarada, le hice caso. Hasta hoy me arrepiento. Pasaron unas dos semanas y la Cote Castro hizo el famoso carrete en donde me comí al Joaquín. La Mariana nunca me dijo nada, pero se le notaba que estaba enojada. Cuando el Brunnet me pidió pololeo yo le conté inmediatamente. Ni siquiera me felicitó. Solo me dijo: ''Está bien. Es tu vida''. De ahí nos comenzamos a alejar. Ella se hizo amiga de la Castro, yo me alejé un poco del grupo. Hablábamos muy poco.
Tú sabes que yo jamás te he mentido. Nunca la olvidé. Y a pesar de que me había cagado la vida, la intenté ubicar. Nunca me contestó el teléfono. La llamé, mínimo, cincuenta veces mientras estaba en Nueva York. Le escribí mails que jamás me respondió. Cuando volví a Chile lo primero que hice fue ir al departamento de la Castro para preguntar por ella. Ahí la Cote me contó todo. La Mariana empezó a faltar a la facultad. Primero a las clases y después a las pruebas. Cuando terminó el semestre se había echado todos los ramos y se estaba tramitando su expulsión de la facultad. Eso había sido un gran golpe para el Joaco y la intentó ayudar por todos los medios. Dicen las malas lenguas que fue donde el decano y se arrodilló suplicándole para que no la echaran. Obviamente no logró nada porque semanas después la pobre Mariana ya no figuraba como alumna de la facultad. El Joaco, aunque no me creas, también se fue. Los dos entraron a estudiar literatura y meses después esta mina quedó embarazada. La Cote me contó que los papás del Brunnet se enojaron mucho. Imagínate, primero cambia derecho por literatura y después deja embarazada a su polola. Tuvo que dejar la universidad y ponerse a trabajar. Como pareja no estaban muy bien, pero el tema del embarazo, a pesar de todo, les había dado un nuevo aire. Lo peor vino después. Supuestamente esta mina llevaba cinco meses preñada pero ni se le notaban. Estaba en perfectas condiciones. Joaquín empezó a sospechar y cuando la mentira no dio para más, la Mariana reveló todo: Jamás había estado embarazada. Todo había sido un plan para que su mino no la dejara sola. El Brunnet enloqueció. Tomó sus cosas y desapareció. Nunca nadie más supo de él. Hasta el día de hoy sus padres lo están buscando. ¿Fuerte no? Y todo esto pasó mientras tú estabas al otro lado del mundo. Mejor. Fue todo bastante tóxico.
Perdón que llore. No llevas ni un día en Chile y yo ya te estoy achacando con mis problemas. Es que no doy más. No sé a quién contarle. Cuando el Alfredo supo tomó sus cosas y me dejó botada. Es que tú ni siquiera te imaginas en que estoy metida. Me pasa por obsesiva. Apenas salí del departamento de la Cote me fui a Ñuñoa. El campus no era muy grande así que no me demoraría en encontrar a la Mariana. Llegué como a las cinco. Estaban todos en círculos tomando, fumando marihuana, algunos bailaban en una especie de cancha. Había mucha gente y, al contrario de lo que pensaba, me costó encontrarla. Pero la vi. Estaba con un grupo de hippies en un pequeño anfiteatro que le decían el cenicero. Estaba muy pálida. Tenía los ojos rojos y se reía muy fuerte. Estaba vestida con una túnica roja con flores azules y tenía un gran moño naranjo. Se veía desarreglada, sucia. Estaba abrazada de un mino más hippie que todo el resto. Era el Toño Guzmán. Lo supe porque ella misma me lo presentó. Parecía gitano. Nadie pareció notar mi presencia. Apenas la vi huevona, quise darme la media vuelta e irme. Pero la Mariana me vio, se levantó rápidamente y corrió a abrazarme. La tomé de la cintura, estaba muy flaca. Que tanto tiempo, que como te ha tratado la vida, que estaba bonita, que porqué estaba allí, que me había echado de menos, que disculpas, que perdón. La mina estaba volada. Borracha. Nos sentamos y me ofreció una piscola. 'Para recordar viejos tiempos'. Hablamos mucho. Te juro que por primera vez en muchos meses me sentí en paz. Estaba feliz. No hablamos de nadie de la facultad. Solo de nosotras y de nuestros mejores recuerdos. Yo también me curé. Para que veas tú a esta edad se pierde la resistencia ¿O no? Hablamos cada tontera, si supieras. Nos quedamos hasta que cerraron el campus y cuando me levanté, todo dio vueltas.
Desperté. No quise abrir los ojos inmediatamente. Me dolía la cabeza. No sabía si era de día o de noche. No sabía dónde estaba. Fui recuperando de a poco mis sentidos. Seguía mareada. Lo primero que sentí fue algo mojado recorriendo mi cuerpo. Bajaba por mis senos (perdón que sea tan siútica) y me lamía, bueno, tú ya sabes. Lo primero que pensé fue: ¡Mierda! ¿Con quién me acosté? Tuve miedo de abrir los ojos. La lengua me seguía recorriendo y me besaba con rabia. Toqué su cuerpo. Era algo flácido. Tenía dos miembros abultados en su pecho. Abrí mis ojos y allí estaba ella. La Mariana me tocaba, me recorría. No me pongas esos ojos huevona, estaba curada, qué sabía yo lo que estaba haciendo. No la detuve y le seguí el juego. Miré a mí alrededor. Estábamos en mi departamento. No sé cómo habíamos llegado. Hicimos el amor. Ella me conocía. Yo la conocía. ¿Te soy sincera? Fue una de las mejores experiencias de mi vida. No creo que quieras saber más detalles. Desperté a la mañana siguiente y la Mariana no estaba. Se me partía la cabeza. No había dejado ninguna nota. Ningún rastro. Solo me había dejado desnuda sobre mi cama.
Sé que son más de las ocho. No te preocupes. El Ricado siempre llega tarde. Supongo que no me vas a juzgar por esto ¿O sí? En todo caso da lo mismo. No la volví a ver. La llamé al día siguiente y no me contestó. Fui a buscarla de nuevo al campus y me dijeron que había dejado la carrera. Fui a su departamento y estaba vacío, lo había entregado a sus dueños. Llamé a San Vicente, a la casa de sus padres, ellos no tenían idea de su existencia, no la conocían. Jamás había vivido una Mariana Jara en esa casa. La busqué mucho, incluso puse un aviso en el diario. Nunca nadie me llamó. Hay rumores, claro. La Cote cree que se fue con el Brunnet. Otros dicen que está viviendo en una comunidad religiosa en Los Andes. Incluso algunos creen que se suicidó tirándose al río. Mi mamá cree que simplemente desapareció, librándonos de su mundo de mentiras. Yo creo que está drogada en algún rincón de Santiago, escapándose de la realidad que tanto la atormentó.
Y tú Pía, ¿Cómo lo pasaste en Europa?''
FIN.
martes, 5 de julio de 2011
49 experiencias obligatorias seudo intelectuales que debes vivir en el maravilloso y estrepitoso mundo escondido en un rincón de Santiago
Las memorias (o cuasi recuerdos) que el lector podrá apreciar a continuación, no pretenden ser otra cosa que el reflejo de una simple experiencia de un transeúnte perdido (física, mental y emocionalmente) que, vagando por las calles nocturnas de SCL, se encuentra con un nuevo mundo, invisible a ojos de la multitud y alucinante ante la mirada de una simple alma.
Cosas que no puedes dejar de hacer si descubres el fascinante mundo de Lastarria y Bellas Artes.
1. Admirarte por el apacible silencio que apabulla al ruido del resto de la ciudad.
2. Sentir deseos de dormir en una banca de la plaza que está frente a la iglesia de la Veracruz.
3. Mirar, pero jamás entrar, a la parroquia de la Veracruz.
4. Preguntarse que hace un banco ensuciando la entrada de este pequeño mundo.
5. Sentir como el tiempo transcurre un poco más despacio.
6. Observar a los flacos medios Hipster pasear en onderas bicicletas.
7. Entrar al Utopía y pedir un Daikiri si vamos de noche, o un capuccino vainilla si vamos de día.
8. Sentirse alternativo y medio artista por el solo hecho de caminar por Lastarria.
9. Caminar por el medio de la calle (Nota: Este lugar posee la exclusividad en Santiago para efectuar tal actividad)
10. Sentarse en alguna banca y ponerse a escribir para parecer artista. (O en su defecto, pararse con un atril y ponerse a pintar)
11. También podemos caminar vestidos con abrigos largos y hablando fuerte sobre filósofos con nombres rimbombantes para lograr el mismo efecto del punto 11.
12. Entrar al Biógrafo, ver alguna película under y jactarse de ver cine arte.
13. Envidiar a la gente que vive en los edificios del Lastarria por el solo hecho de tener parquet original.
14. Buscar el Café Escondido.
15. Encontrar el Café Escondido y entender el porqué de su nombre.
16. Escuchar al hombre medio chascón que toca ''My heart will go on'' con un saxo rayado.
17. No tener la más mínima idea de quien fue José Victorino Lastarria pero hablar de él como un viejo conocido.
18. Comprar alguna antigüedad o libro usado más caro que un libro nuevo.
19. Ignorar el Emporio La Rosa por ser muy popular.
20. Entrar a la Psiquis, Cid Campeador o Metales Pesados a mirar libros. (OJO: Mirar, nunca comprar).
21. Ver alguna obra mala en el Ictus.
22. Entrar al Kind of Blues y quejarse de los precios.
23. Comprar algún artefacto alternativo en el Ocho Fortuna por el solo hecho de ser tal.
24. Contemplar la pileta de Neptuno y Anfitrite centro de Bellas Artes.
25. Quejarse por el mar de gringos que hay en el lugar.
26. Encontrarse con algún actor de televisión.
27. Entrar al museo de Bellas Artes, pasearse mirando las obras, aparentando saber de arte.
28. Insultar al mural que decora el metro por afeminado y fuera de lugar.
29. Entrar al Café y Libros Mosqueto, pedir un Baguette junto con un libro de C. Bukowsky (Se garantiza una experiencia excitante).
30. Sentirse nuevamente intelectual por haber llevado a cabo la acción anterior.
31. Entrar ''porque la curiosidad atrae'' al Txoco. (Y nunca pronunciar su nombre).
32. Comprar un caleidoscopio en el metro.
33. Pensar en el disco ''The Wall'' de Pink Floyd cuando vamos llegando al metro.
34. Encontrar a Pedro Lemebel tirado en el piso lanzando improperios en claro estado de ebriedad.
35. Percatarse de la gran cantidad de hombres que caminan tomados de la mano.
36. Percatarse de la gran cantidad de mujeres que se besan en cada esquina.
37. Pensar en mantener la calma. ''Este lugar es así''.
38. Sentirse homofóbico por haber pensado lo último.
39. Cuestionarse la sexualidad.
40. Entrar al MAC, no entender nada y aparentar saberlo todo.
41. Mirar de frente al caballo de Botero y sentirse insignificante.
42. Mirar con cierto dejo de voyerismo a los amantes del Forestal.
43. Encontrar cafés hasta en los lugares más increíbles.
44. Descubrir la experiencia inefable del Sótano. (Me reservo el derecho a describir tan agradable experiencia)
45. Encontrar el bar ''El Túnel'' que solo aparece de noche.
46. Tener sexo casual en el motel azul en Santo Domingo.
47. Luego de haber efectuado el recorrido, sentirse parte de la nueva generación Beat chilena.
48. Sentir ganas de ser un artista francoparlante.
49. Y lo más importante... Sentir como corren por el cuerpo las ganas de volver una y mil veces más.
Cosas que no puedes dejar de hacer si descubres el fascinante mundo de Lastarria y Bellas Artes.
1. Admirarte por el apacible silencio que apabulla al ruido del resto de la ciudad.
2. Sentir deseos de dormir en una banca de la plaza que está frente a la iglesia de la Veracruz.
3. Mirar, pero jamás entrar, a la parroquia de la Veracruz.
4. Preguntarse que hace un banco ensuciando la entrada de este pequeño mundo.
5. Sentir como el tiempo transcurre un poco más despacio.
6. Observar a los flacos medios Hipster pasear en onderas bicicletas.
7. Entrar al Utopía y pedir un Daikiri si vamos de noche, o un capuccino vainilla si vamos de día.
8. Sentirse alternativo y medio artista por el solo hecho de caminar por Lastarria.
9. Caminar por el medio de la calle (Nota: Este lugar posee la exclusividad en Santiago para efectuar tal actividad)
10. Sentarse en alguna banca y ponerse a escribir para parecer artista. (O en su defecto, pararse con un atril y ponerse a pintar)
11. También podemos caminar vestidos con abrigos largos y hablando fuerte sobre filósofos con nombres rimbombantes para lograr el mismo efecto del punto 11.
12. Entrar al Biógrafo, ver alguna película under y jactarse de ver cine arte.
13. Envidiar a la gente que vive en los edificios del Lastarria por el solo hecho de tener parquet original.
14. Buscar el Café Escondido.
15. Encontrar el Café Escondido y entender el porqué de su nombre.
16. Escuchar al hombre medio chascón que toca ''My heart will go on'' con un saxo rayado.
17. No tener la más mínima idea de quien fue José Victorino Lastarria pero hablar de él como un viejo conocido.
18. Comprar alguna antigüedad o libro usado más caro que un libro nuevo.
19. Ignorar el Emporio La Rosa por ser muy popular.
20. Entrar a la Psiquis, Cid Campeador o Metales Pesados a mirar libros. (OJO: Mirar, nunca comprar).
21. Ver alguna obra mala en el Ictus.
22. Entrar al Kind of Blues y quejarse de los precios.
23. Comprar algún artefacto alternativo en el Ocho Fortuna por el solo hecho de ser tal.
24. Contemplar la pileta de Neptuno y Anfitrite centro de Bellas Artes.
25. Quejarse por el mar de gringos que hay en el lugar.
26. Encontrarse con algún actor de televisión.
27. Entrar al museo de Bellas Artes, pasearse mirando las obras, aparentando saber de arte.
28. Insultar al mural que decora el metro por afeminado y fuera de lugar.
29. Entrar al Café y Libros Mosqueto, pedir un Baguette junto con un libro de C. Bukowsky (Se garantiza una experiencia excitante).
30. Sentirse nuevamente intelectual por haber llevado a cabo la acción anterior.
31. Entrar ''porque la curiosidad atrae'' al Txoco. (Y nunca pronunciar su nombre).
32. Comprar un caleidoscopio en el metro.
33. Pensar en el disco ''The Wall'' de Pink Floyd cuando vamos llegando al metro.
34. Encontrar a Pedro Lemebel tirado en el piso lanzando improperios en claro estado de ebriedad.
35. Percatarse de la gran cantidad de hombres que caminan tomados de la mano.
36. Percatarse de la gran cantidad de mujeres que se besan en cada esquina.
37. Pensar en mantener la calma. ''Este lugar es así''.
38. Sentirse homofóbico por haber pensado lo último.
39. Cuestionarse la sexualidad.
40. Entrar al MAC, no entender nada y aparentar saberlo todo.
41. Mirar de frente al caballo de Botero y sentirse insignificante.
42. Mirar con cierto dejo de voyerismo a los amantes del Forestal.
43. Encontrar cafés hasta en los lugares más increíbles.
44. Descubrir la experiencia inefable del Sótano. (Me reservo el derecho a describir tan agradable experiencia)
45. Encontrar el bar ''El Túnel'' que solo aparece de noche.
46. Tener sexo casual en el motel azul en Santo Domingo.
47. Luego de haber efectuado el recorrido, sentirse parte de la nueva generación Beat chilena.
48. Sentir ganas de ser un artista francoparlante.
49. Y lo más importante... Sentir como corren por el cuerpo las ganas de volver una y mil veces más.
domingo, 3 de julio de 2011
Cómodamente adormecido
Una sutil brisa helada recorría el suelo haciendo crujir las primeras hojas que desprendían los árboles producto de la llegada del otoño. La larga calle estaba vacía, inmóvil y el sepulcral silencio que la acechaba estaba acompañado por el impertinente silbido que había dejado el molesto ruido que producían las cientos de personas que por el día la transitaban. A lo lejos se escuchaban los gritos de una que otra persona borracha que rogaba por que la noche no acabara jamás, aún así, el silencio era total. Daba la sensación de que la calle estaba envuelta en una burbuja, protegida y aislada de todo lo que amenazaba su tranquilidad.
De repente la quietud se vio interrumpida por el débil sonido de unos pasos que parecían correr. El sonido lentamente se fue incrementando.
Los pasos corrían desesperados, controlados por un hombre de piel amarilla, pelo negro azabache y mal afeitado. No era alto. Tampoco era bajo. Por su mejilla corrían gotas de sudor algo empolvadas, impregnadas de días (y quizás semanas) de suciedad. Sus labios, que sangraban, junto con su amarillenta dentadura, le daban una imagen tétrica.
La calle parecía no acabar jamás. La desesperación aumentaba y paralizaba cada miembro de su cansado cuerpo. Hacía frío, era una noche particularmente helada, pero el miedo le había creado una capa sobre su piel que la fría brisa no podía penetrar.
¿Me habrán perdido? - se preguntaba con insistencia - Me tienen que haber perdido. Deben estar atrás, muy atrás, formando parte de aquel mundo que ya no me pertenece. No. Ya no me pertenece. Ellos me expulsaron, con su arrogancia e indiferencia. Solo me dañaban, nunca estuvieron conmigo cuando los necesité. Era obvio, me tenían miedo. ¿O yo les temía a ellos? Puede ser, pero ya no vale la pena cuestionárselo, ¿Para qué? Ellos deben estar revolcándose de felicidad. Ya no estoy. Desapareceré tal como...
De repente, algo parecido a un rayo eléctrico recorrió su cuerpo, apretó su estómago y subió por su garganta para luego posarse en su mente: Unos ojos verdes protegidos por un par de viejos lentes lo miraban con reproche. Volvió a sentir el dolor de la cachetada que le había dado y vio como las lágrimas saltaban y se precipitaban al suelo. No. No debía dejar que el pensamiento lo invadiera. Él era más fuerte.
Debía seguir corriendo.
La calle no parecía acabar.
La noche - pensaba - tétrica y amenazadora enfermedad. La noche, que viene y nos oscurece el camino, ocultándonos la correcta ruta a seguir. Ahora entiendo por qué todos huyen de ella, ya sea escondiéndose en lo más recóndito de sus mentes o adormeciendo los sentidos hasta que amanezca. ¿Y si dejo de correr y me tiro en esa sucia banca entregado a los brazos del sueño? Todo sería más fácil.
No puedo hacer eso.
Mi objetivo es otro. Debo seguir.
Los árboles se alzaban oscuros por los bordes de la calle, frotándose unos contra otros gracias al roce de la helada brisa. Los pasos seguían corriendo y, de vez en cuando, aminoraban su carrera para observar el estrellado cielo, bordeado por la silueta de los árboles. Casi al final de lo que parecía ser el final de la calle, un gran campanario se alzaba, desdibujando lentamente las estrellas y cubriéndolas con una inmensa cruz.
Esos ojos verdes. No había otro alternativa que cerrarlos. Ojalá para toda la vida. Esos ojos ponzoñosos que no sabían otra cosa que derramar sangre. Da lo mismo. El corazón que les da vida debe estar pudriéndose, perdiendo poco a poco la energía. Eso solo significaba una cosa: El tiempo se acababa.
Yo no sé a donde ir, eso lo tengo claro. Sé que no debo detenerme, pero mis piernas solo quieren descansar.
No. No. ¡No! Corre, corre, corre.
¡Corre! ¡Corre! - Se gritaba con furia, rompiendo el absoluto silencio en el que estaba sumergido la oscura calle. Sin embargo, las energías se le agotaron. El hombre de la amarilla dentadura se aferró a un semáforo y poco a poco se fue derrumbando, deshaciéndose, desparramándose.
El silencio volvió a reinar. Solo era interrumpido por el sonoro ¡Clac! que emitía el semáforo cuando cambiaba de color.
Su cuerpo tiritaba un poco. Se enfriaba lentamente y sentía como el adormecimiento iba desapareciendo.
Adormecido. Cómodamente adormecido. Tirado en la calle. Desparramando recuerdos. Así quería estar.
Su cuerpo deseaba descansar mas a su corazón no le importaba pues seguía latiendo con tanta fuerza que la piel de su pecho parecía saltar.
De repente, un montón de pasos se oyeron a lo lejos. También corrían. Sin embargo, no huían. Buscaban.
A él no le importó, estaba absorto en sus pensamientos.
Un pecho ensangrentado. Una mirada perdida. Unos brazos intentando agarrar su cuello. Los mismos brazos que tanta protección le habían dado. Al parecer un suspiro.
Había sido lo correcto. No quedaba otro ca...
El ruido de los pasos se acrecentaba de forma tan rápida que interrumpieron sus pensamientos. Giró la cabeza un poco hacia su derecha. La oscuridad expulsaba personas. Muchas personas que lo miraban con rabia. No le sorprendió. Era lo que tenía que pasar, mas no perdía nada con seguir huyendo.
Juntó todas sus fuerzas, se levantó y corrió con desesperación. Si llegaba al campanario estaría salvado. Quedaba poco, pero la distancia parecía acrecentarse y sus pies dormirse. Su piel se volvió a poner dura, creando una especie de escudo contra el frío. Era el miedo que volvía a correr por sus venas, expulsando a la sangre de ellas y arrojándola por los labios, la nariz, los poros.
Corrió con más fuerzas.
Avanzó con demasiada lentitud.
El ruido de los pasos crecía cada vez más, metiéndose por sus orejas, zumbándole los oídos. Era un ruido aterrador, que se mezclaba con la oscuridad. Pesaba mucho y no tenía fuerzas para cargarlo.
Debía rendirse.
Intentó seguir huyendo, pero cuando estaba solo a pasos del campanario una horda de personas se abalanzó sobre su espalda. Todo fue muy lento. El peso se hacía cada vez más grande y sus piernas no lo pudieron soportar. Sus rodillas se doblaron y cayó con furia al piso, con la boca abierta. Sintió como su mandíbula se desprendía y un líquido caliente mojaba su cara. No tenía escapatoria. El peso lo asfixiaba. Sus ojos se fueron cerrando y todo se volvió más oscuro. Ya no había silencio, todo era gritos.
Intentó mirar por última vez. La oscuridad había desaparecido, expulsada por un montón de luces rojas y azules.
Luego, todo se volvió negro y apacible.
domingo, 15 de mayo de 2011
Poema Inconcluso (IV parte y final)
Cumplí la promesa y huí lejos. Tan lejos que me perdí entre imagenes y colores que jamás había visto. Tan lejos que que ni siquiera yo pude alcanzarme. Tan lejos que no logré encontrar el camino de vuelta. La mejor forma de desechar la culpa y matar la conciencia es escapar. Sin embargo, aunque nos alejemos de todo, nunca podremos hacerlo de lo que más tememos: Uno mismo. En efecto, yo no pude huir de mí.
Asesiné a mi papá por orden de Pierre. Maté a mi hermano por capricho mío. Aunque creo que ambas muertes fueron, a la larga, un capricho. Era tan espectacular y alucinante la obra que tenía en mente Pierre que no me pude resistir a apoyarlo. Y paralelamente, era tan grande mi deseo por hacerme dueño del final
de su historia, que estaba dispuesto a todo por conseguirlo.
Esa noche corrí con todas mis fuerzas por las calles de un cálido Santiago. Las imagenes pasaban fugaces
por mi lado. Las personas no se inmutaban ante mi desefrenada carrera. Llegué al terminal y el bus aun no partía. Me subí, tomé el libro de Pierre, me dormí y olvidé. Me costó, claro, pero poco a poco fui sacando los recuerdos de mi cabeza y los fui tirando por donde caminaba.
Vagué, olvidé y huí.
Esas tres palabras resumen lo que siguió con mi vida. Les soy sincero: No recuerdo mucho lo que hice en aquella época. En realidad, no recuerdo nada. Solo sé que pasó mucho tiempo y yo solo me dediqué a esconderme en cerros, a dormir entre rocas, a refugiarme en chozas abandonadas, a bañarme entre ríos, y claro, a esperar a Pierre. Él no apareció. Al principio sufrí, pero poco a poco su imagen fue desapareciendo de mi cabeza, y con él todo lo que en ella habitaba. Cuando quise recordarlo busqué su libro, pero no lo encontré. Al parecer lo dejé olvidado en el bus que me acogió en la noche de mi escape.
Vuelvo atrás. Vagué y me escondí. No tuve contacto con nadie, y ello conllevó a que olvidara hablar. Cuando intenté comunicarme después de meses, mi garganta solo profirió extraños sonidos. Lo que no olvidé, claro está, fue escribir. Y escribí tanto que mi mochila se llenó de hojas, no dejando espacio para nada más. Tanto andar me fue consumiendo y así fue como llegué a este lugar: Un hombre desgastado, con la piel curtida y quemada por el sol, con la ropa hecha jirones y cargando solo una mochila repleta de cuentos. El pueblo que apareció en mi camino me pareció agradable. Era pequeño y casi no había gente en sus calles. Lo rodeaba un pequeño riachuelo de agua cristalina que, apenas lo vi, corrí hacia él y me sumergí. Una sensación demasiado agradable recorrió mi piel, caló mis huesos y abrazó mi corazón. Me sentía
limpio de cuerpo y de mente. Lo mejor fue que mi corazón comenzó a latir con fuerza y el frio hielo que por años lo cubrió, se comenzó a derretir. En ese instante pensé que al fin había encontrado mi lugar.
Luego me dediqué a recorrer el pueblo y encontré una pequeña casa abandonada. Ya cansado de vagar y esconderme, decidí instalarme en ella. Curiosamente tenía todo lo necesario para vivir cómodamente. No entendí porque nadie la habitaba. Sobre la cama colgaba un cuadro grande, algo polvoriento, con el retrato de un hombre pálido. Me recordaba a alguien, no supe en ese momento a quien. No le dí mayor importancia.
Las semanas trancurrieron tranquilas. Solía salir a caminar en las tardes, pues había menos gente, y observar la puesta de sol. Me encantaba sentir el fresco viento sobre mi cara y sentarme bajo los árboles a dormir, soñar, imaginar. Con el tiempo me fui volviendo más sociable y comencé, con dificultad, a interactuar
con los campesinos. Eran personas muy humildes que me acogieron muy bien. Cuando nuevamente aprendí a hablar, me sentaba en la plaza y contaba a viva voz mis cuentos. De a poco, la gente del pueblo se comenzaba a acercar y a escucharme. Generalmente, cuando terminaba, estaban todos los habitantes aplaudiéndome y agradeciéndome por la entretención que les brindaba. Me sentí útil. Segunda vez en la vida que sentía que mi imaginación era valorada.
Cuando llegaba a mi casa, estaba tan cansado que solo me tiraba en la cama a dormir. Despertaba temprano al otro día, escribía y seleccionaba el cuento que narraría en la noche y salía a caminar. Ya todos me conocían y amablemente me saludaban en las calles.
Recuerdo que una tarde me dirigí al riachuelo a descansar. En él, una anciana refrecaba sus pies. Me senté junto a ella y de inmediato me comenzó a interrogar.
- ¿Cómo está joven? ¿Contará algo esta noche?
- Claro. Ya tengo preparado algo, espero que les guste.
- Acá en el pueblo todos esperamos sus historias. Pero no se fie de ello, la gente no es lo que parece.
- ¿Por qué dice eso?
- Usted en la noche se llena de aplausos. Pero en el día, corren cientos rumores sobre su persona. No sabemos nada de usted. Solo que llegó un día, sucio y maloliente, y se escondió en una vieja casa. No sabemos como llegó. Ni siquiera sabemos su nombre. No sabemos nada. ¿Acaso está huyendo de algo?
Esas palabras me llegaron. Era cierto lo que decía la señora. ¿Que hacía acá? Ellos no sabían nada de mi y no los podía ayudar demasiado pues yo tampoco sabía quien era.
En el camino me deshice de mis recuerdos. Y no me lo cuestioné. Hasta ahora.
Volví a mi casa y me acosté. Esa noche no salí. No conté nada. Me quedé encerrado intentando recordar mi pasado. ¿Como era posible que hasta mi nombre había olvidado?
Elle.
Una extraña voz, que no logré identificar de donde venía, pronunció mi nombre. Me paré asustado y miré a mi alrededor. No había nada. Me volví a sentar y me percaté que mi esfuerzo por rememorar mi vida no había sido en vano: De a poco, vagas imágenes comenzaron a llegar a mi cabeza. Sin embargo, eran tan difusas que no logré recordar demasiado. Me propuse llenar mi mente de recuerdos y recuperar mi pasado. Creo que allí empezó todo, nuevamente.
Los días pasaron y me sentía menos cómodo y más intranquilo. Ya no me interesaba salir a caminar ni contar cuentos. Me encerré a escribir. A inventar principios para mi vida y con ello, intentar cumplir el objetivo que me había propuesto. Cada día que pasaba, las difusas imágenes que habitaban en mi cabeza se empezaban a hacer más claras, pero ello no era suficiente.
Lentamente me comencé a deprimir. Todas las noches, antes de dormir, me sentaba en el sofá frente a la cama y miraba fijamente el cuadro que estaba colgado sobre ella, y aunque parezca ridículo, le imploraba
que me ayudara a recordar. Pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta que cada vez que lo observaba, su mirada me seguía. Sus finos labios parecían hablarme, y con la mirada intentaba socorrerme. Concluí que el haber estado mucho tiempo encerrado me estaba haciendo mal y por eso salí de la casa a caminar.
Tomé aire, corrí un poco e intenté despejar mi cabeza. Cuando ya me sentí mejor, volví. Entré e inmediatamente me tiré sobre la cama para dormir.
Elle.
Elle.
La voz extraña volvió a inundar la habitación. Rapidamente me levanté asustado y busqué a quien estaba dentro. Quizás era alguien que quería robarme. Registré por toda la casa mas no encontré a nadie. Cuando volví a la cama, observé el cuadro y el extraño hombre que estaba retratado en él estaba moviendo sus labios.
Elle, pronunció.
Cerré mis ojos con fuerza y al abrirlos nuevamente, el retrato estaba allí, inmóvil.
Era mi imaginación la que estaba jugando conmigo. Quizás era porque escribía demasiado. Decidí no volver a escribir por un buen tiempo. Tomé mis lápices y los tiré lejos. Guardé mis cuentos y me dormí.
La mañana siguiente me levanté temprano y salí de la casa. Debía ventilar mi mente. Caminé por los huertos y me acerqué a una pequeña duna de arena en donde habían unos niños jugando. Me acerqué para observarlos
y gran sorpresa me llevé al darme cuenta que todos tenían la misma cara que la del retrato que colgaba en mi habitación. Asustado y desesperado, corrí a mi casa.
Esa cara esos labios esa mirada que parecen desgarrar el alma y convertirla en lágrimas que caen al piso y salen disparadas hacia el corazón congelándolo dañándolo.
Su mirada su mirada su mirada qué tiene su mirada qué provoca su mirada hacia donde me lleva su mirada.
Entré deprisa a la casa y miré el cuadro. Solo colgaba un marco con fondo negro. El retrato no estaba. Tomé mi cabeza y la azoté en contra la pared:
¡Te estás volviendo loco!¡Deja de pensar huevadas!¡Deja de imaginar huevadas! - grité con todas mis fuerzas.
Volví a observar el cuadro y nuevamente estaba completo. El retrato permanecía allí, mirándome burlonamente, sin decir nada.
- ¡No estoy loco! - le grité.
Me subí sobre la cama, agarré el cuadro y lo llevé al patio. Fui en busca de mis cuentos y encendí un fósforo, quemándolos junto al el. Lentamente las llamas los devoraron y la mirada porfiada del retrato desapareció.
Me acosté e intenté dormir.
Algo tenía ese rostro. Algo quería recordarme mas yo era incapaz de hacerlo.
No pude dormir.
Me levanté y fui al baño a tomar un poco de agua. Salpiqué mi rostro y me vi al espejo. Tenía los ojos desorbitados, estaba pálido y mis labios se comenzaron a adelgazar. Mi mirada se volvió ardiente y comenzó a quemarme. Volví al cuarto. Sobre la cama colgaba tranquilamente el cuadro que había destruido.
Elle.
Elle.
Elle.
El retrato pronunció mi nombre mil veces.
Gritando, tomé mis cosas y huí. Salí corriendo de la casa. Sentía que me perseguía. Corrí con más fuerzas. Me escondí en un huerto abandonado, bajo un árbol. Su rostro no abandonaba mi cabeza. Me acosté, escribí un poco para calmarme. Tenía frío, así que saqué una vieja manta que alguna vez había encontrado y de ella cayó un amarillento papel. Lo leí. Era la última página del libro. En la parte de arriba decía:
''Esta noche se escribirá el final''
Cerré mis ojos, pero las lágrimas me hicieron abrirlos nuevamente. Comencé a ver todo borroso, mientras una voz que gritaba mi nombre se acercaba cada vez más.
Me desmayé.
Lentamente me recuperé y me levanté. Miré a mi alrededor. No había nada. Me acosté nuevamente bajo el árbol y unas frías manos comenzaron a acariciar mi espalda, la recorrieron despacio, haciéndome cosquillas, excitándome.
''Aquí está Pierre, para servirle'' - me pronunció suavamente al oído.
Espantado me levanté. No había nada. No había nadie. Estaba solo yo. Yo y mis recuerdos. Misteriosamente mi mente recordaba todo.
Carlos, Karina, Octavio, la obra, el asesinato, las lágrimas, la promesa, el cuento, la huida. Todo.
Claro está, también recordaba a Pierre. El retrato que me había acompañado todo este tiempo era él. ¿Por qué había vuelto? ¿Venía a cumplir su parte del trato? Ya no me interesaba. Estaba tan arrepentido de haber hecho el esfuerzo por recordar que me largué a llorar. Quería olvidarlo todo nuevamente. Estaba desesperado.
Esa noche pensé demasiado y concluí que lo mejor sería encerrar todos mis recuerdos en un papel y luego quemarlos. ¡Era obvio! ¡Eso debía hacer para olvidar! Así fue como comencé a escribir esto.
Pasaron los días. Me escondía todas las noches en un lugar distinto del pueblo. Pierre me seguía, pero cuando me daba vuelta para ver si estaba, nada encontraba. Yo sabía que estaba muy cerca mío, pero, sin embargo, solo estaba yo.
Estaba cansado. Ya no dormía y mis manos tiritaban tanto que tenía que hacer gran esfuerzo para escribir. Fueron semanas horribles. Me escondía en los lugares más inimaginables para que Pierre no me encontrara.
No lo quería ver. Le temía. Algo me decía que me había engañado y que aun no encontraba la pieza que le faltaba para terminar su obra. Esa pieza era yo. Pierre debía matarme para dejarme tranquilo. Si me mataba su obra estaría completa. Sí, sí. Yo era la pieza que él buscaba. ¿Como no me di cuenta antes? ¡Era yo lo que buscaba!¡Soy yo la última pieza!
Decidí que me entregaría. Salí de mi escondite y lo comencé buscar. Él sabía que lo estaba buscando. Me seguía, pero ahora era él quien se escondía de mí.
¡Aquí estoy Pierre!¡Aquí está la pieza que necesitas!¡Ya no quiero saber el final, pues el final soy yo! - Grité. Los cerros se encargaron de transmitir mi mensaje.
Ya era tarde. Tenía calor. Me acerqué a un estanque y lavé mi cara. Me resfregué con fuerza. Miré mi reflejo:
Estaba flaco y con la mirada perdida. De repente, vi algo extraño detrás mío.
¿Pierre? -Pregunté
La figura seguía allí. No pareció inmutarse.
Me di vuelta y Pierre me miraba fijamente, con rabia. No podía creerlo. No podía estar sucediendo. Luego de dos años había aparecido nuevamente. Antes de que dijiera nada, se había abalanzado sobre mí y apretaba fuertemente mi cuello.
- Te dije que me olvidaras. ¿Lo recuerdas?
- Lo sé. ¡Pero tú te encargaste de aparecer nuevamente en mi vida y en mi mente! - le grité desafiante
- Te equivocas muchacho...
- No me equivoco Pierre. Tú me engañaste. Yo soy la pieza que te falta. Tú me utilizaste. ¡Descubrí todo!
- Qué inteligente eres ¿Te lo han dicho? lo dudo. Pero ya que te entregas a mí, procedamos a terminar el cuadro ¿Me ayudas?
- ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no me dejas en paz? - reclamé
- ¡Eres un malagradecido imbécil! Te ayudé a quitarte de encima lo que más te hacía daño y mira como me tratas. Yo solo vine para terminar de auxiliarte y darte el final que tanto deseas. Lástima que tu deseo coincida con el mío.
- ¿Qué quieres decir? ¡Díme! - le grité.
Comencé a llorar producto de la desesperación. Sus frías manos apretaban con fuerza mi cuello y no podía zafarme.
- No hay peor pecado que romper la promesa que te haces a ti mismo.
- No entiendo de qué hablas. Huí y te olvidé. Cumplí la parte del trato.
- Debías sacarme de tu mente, idiota. No lo hiciste. Olvidar es la única forma de seguir avanzando. Ahora, por tu culpa, el remordimiento te terminará matando.
- Yo no hice nada malo. Fuiste tú quien me lo ordenó. Yo solo cumplí.
- ¿No entiendes nada cierto? Ahora que lo pienso, tienes razón. El remordimiento no te matará, pues el que te matará soy yo.
Y lentamente sus dedos se apretaron violentamente alrededor de mi cuello. Sentí como sus uñas comenzaron a rasgar mi piel. No podía gritar. No podía respirar.
La mirada de Pierre era intimidante. Atravesaba mi piel, retorciéndola, incendiándola. Por más que hacía el intento de zafarme no lo lograba. Le rogué con la mirada, pero no conseguí nada, salvo más dolor. Cada vez me apretaba con más fuerza. De reojo noté como las lágrimas se mezclaban con la sangre y caían al piso. Era el final, estaba claro. El final que tanto busqué. La obra que tanto admiré. Cerré mis ojos esperando que la muerte llegara, pero nada ocurría. Seguía vivo y el dolor era cada vez más penetrante e insoportable. Abrí los ojos y gran sorpresa me llevé al percatarme que Pierre no estaba.
No había nadie.
Solo estaba yo apretando con todas mis fuerzas mi cuello, con las manos cubiertas de sangre.
Intenté sacarlas pero no pude. Intenté pedir ayuda, pero tampoco lo conseguí. Mis manos me apretaban con una fuerza abismante que no podía controlar.
El dolor era tan grande que me desmayé.
Desperté unos minutos después moribundo, con rasguños en todo mi cuerpo y con dos orificios profundos en cada lado de mi cuello. La sangre no paraba de salir.
Intenté agarrar un lápiz y un papel pero caí nuevamente. Todo había acabado. Mi cuerpo quedó allí tirado desangrándose. Creo que nadie se enteró.
La obra era perfecta. Estaba yo, aplastando a mi padre, hundiendo su cabeza en un cerro de doncellas sangrientas. La cima de la perfección era yo. El final del cuento era yo.
Ahora, no sé donde estoy. Solo sé que escribo atrapado en un montón de letras. No sé si existo o si soy un mero recuerdo de alguna mente obsesionada. No sé como llegué acá. No sé si estoy vivo. No sé si quiero vivir. Lo que sí sé, es que el cuadro, al fin fue terminado.
Elle.
Fin
Asesiné a mi papá por orden de Pierre. Maté a mi hermano por capricho mío. Aunque creo que ambas muertes fueron, a la larga, un capricho. Era tan espectacular y alucinante la obra que tenía en mente Pierre que no me pude resistir a apoyarlo. Y paralelamente, era tan grande mi deseo por hacerme dueño del final
de su historia, que estaba dispuesto a todo por conseguirlo.
Esa noche corrí con todas mis fuerzas por las calles de un cálido Santiago. Las imagenes pasaban fugaces
por mi lado. Las personas no se inmutaban ante mi desefrenada carrera. Llegué al terminal y el bus aun no partía. Me subí, tomé el libro de Pierre, me dormí y olvidé. Me costó, claro, pero poco a poco fui sacando los recuerdos de mi cabeza y los fui tirando por donde caminaba.
Vagué, olvidé y huí.
Esas tres palabras resumen lo que siguió con mi vida. Les soy sincero: No recuerdo mucho lo que hice en aquella época. En realidad, no recuerdo nada. Solo sé que pasó mucho tiempo y yo solo me dediqué a esconderme en cerros, a dormir entre rocas, a refugiarme en chozas abandonadas, a bañarme entre ríos, y claro, a esperar a Pierre. Él no apareció. Al principio sufrí, pero poco a poco su imagen fue desapareciendo de mi cabeza, y con él todo lo que en ella habitaba. Cuando quise recordarlo busqué su libro, pero no lo encontré. Al parecer lo dejé olvidado en el bus que me acogió en la noche de mi escape.
Vuelvo atrás. Vagué y me escondí. No tuve contacto con nadie, y ello conllevó a que olvidara hablar. Cuando intenté comunicarme después de meses, mi garganta solo profirió extraños sonidos. Lo que no olvidé, claro está, fue escribir. Y escribí tanto que mi mochila se llenó de hojas, no dejando espacio para nada más. Tanto andar me fue consumiendo y así fue como llegué a este lugar: Un hombre desgastado, con la piel curtida y quemada por el sol, con la ropa hecha jirones y cargando solo una mochila repleta de cuentos. El pueblo que apareció en mi camino me pareció agradable. Era pequeño y casi no había gente en sus calles. Lo rodeaba un pequeño riachuelo de agua cristalina que, apenas lo vi, corrí hacia él y me sumergí. Una sensación demasiado agradable recorrió mi piel, caló mis huesos y abrazó mi corazón. Me sentía
limpio de cuerpo y de mente. Lo mejor fue que mi corazón comenzó a latir con fuerza y el frio hielo que por años lo cubrió, se comenzó a derretir. En ese instante pensé que al fin había encontrado mi lugar.
Luego me dediqué a recorrer el pueblo y encontré una pequeña casa abandonada. Ya cansado de vagar y esconderme, decidí instalarme en ella. Curiosamente tenía todo lo necesario para vivir cómodamente. No entendí porque nadie la habitaba. Sobre la cama colgaba un cuadro grande, algo polvoriento, con el retrato de un hombre pálido. Me recordaba a alguien, no supe en ese momento a quien. No le dí mayor importancia.
Las semanas trancurrieron tranquilas. Solía salir a caminar en las tardes, pues había menos gente, y observar la puesta de sol. Me encantaba sentir el fresco viento sobre mi cara y sentarme bajo los árboles a dormir, soñar, imaginar. Con el tiempo me fui volviendo más sociable y comencé, con dificultad, a interactuar
con los campesinos. Eran personas muy humildes que me acogieron muy bien. Cuando nuevamente aprendí a hablar, me sentaba en la plaza y contaba a viva voz mis cuentos. De a poco, la gente del pueblo se comenzaba a acercar y a escucharme. Generalmente, cuando terminaba, estaban todos los habitantes aplaudiéndome y agradeciéndome por la entretención que les brindaba. Me sentí útil. Segunda vez en la vida que sentía que mi imaginación era valorada.
Cuando llegaba a mi casa, estaba tan cansado que solo me tiraba en la cama a dormir. Despertaba temprano al otro día, escribía y seleccionaba el cuento que narraría en la noche y salía a caminar. Ya todos me conocían y amablemente me saludaban en las calles.
Recuerdo que una tarde me dirigí al riachuelo a descansar. En él, una anciana refrecaba sus pies. Me senté junto a ella y de inmediato me comenzó a interrogar.
- ¿Cómo está joven? ¿Contará algo esta noche?
- Claro. Ya tengo preparado algo, espero que les guste.
- Acá en el pueblo todos esperamos sus historias. Pero no se fie de ello, la gente no es lo que parece.
- ¿Por qué dice eso?
- Usted en la noche se llena de aplausos. Pero en el día, corren cientos rumores sobre su persona. No sabemos nada de usted. Solo que llegó un día, sucio y maloliente, y se escondió en una vieja casa. No sabemos como llegó. Ni siquiera sabemos su nombre. No sabemos nada. ¿Acaso está huyendo de algo?
Esas palabras me llegaron. Era cierto lo que decía la señora. ¿Que hacía acá? Ellos no sabían nada de mi y no los podía ayudar demasiado pues yo tampoco sabía quien era.
En el camino me deshice de mis recuerdos. Y no me lo cuestioné. Hasta ahora.
Volví a mi casa y me acosté. Esa noche no salí. No conté nada. Me quedé encerrado intentando recordar mi pasado. ¿Como era posible que hasta mi nombre había olvidado?
Elle.
Una extraña voz, que no logré identificar de donde venía, pronunció mi nombre. Me paré asustado y miré a mi alrededor. No había nada. Me volví a sentar y me percaté que mi esfuerzo por rememorar mi vida no había sido en vano: De a poco, vagas imágenes comenzaron a llegar a mi cabeza. Sin embargo, eran tan difusas que no logré recordar demasiado. Me propuse llenar mi mente de recuerdos y recuperar mi pasado. Creo que allí empezó todo, nuevamente.
Los días pasaron y me sentía menos cómodo y más intranquilo. Ya no me interesaba salir a caminar ni contar cuentos. Me encerré a escribir. A inventar principios para mi vida y con ello, intentar cumplir el objetivo que me había propuesto. Cada día que pasaba, las difusas imágenes que habitaban en mi cabeza se empezaban a hacer más claras, pero ello no era suficiente.
Lentamente me comencé a deprimir. Todas las noches, antes de dormir, me sentaba en el sofá frente a la cama y miraba fijamente el cuadro que estaba colgado sobre ella, y aunque parezca ridículo, le imploraba
que me ayudara a recordar. Pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta que cada vez que lo observaba, su mirada me seguía. Sus finos labios parecían hablarme, y con la mirada intentaba socorrerme. Concluí que el haber estado mucho tiempo encerrado me estaba haciendo mal y por eso salí de la casa a caminar.
Tomé aire, corrí un poco e intenté despejar mi cabeza. Cuando ya me sentí mejor, volví. Entré e inmediatamente me tiré sobre la cama para dormir.
Elle.
Elle.
La voz extraña volvió a inundar la habitación. Rapidamente me levanté asustado y busqué a quien estaba dentro. Quizás era alguien que quería robarme. Registré por toda la casa mas no encontré a nadie. Cuando volví a la cama, observé el cuadro y el extraño hombre que estaba retratado en él estaba moviendo sus labios.
Elle, pronunció.
Cerré mis ojos con fuerza y al abrirlos nuevamente, el retrato estaba allí, inmóvil.
Era mi imaginación la que estaba jugando conmigo. Quizás era porque escribía demasiado. Decidí no volver a escribir por un buen tiempo. Tomé mis lápices y los tiré lejos. Guardé mis cuentos y me dormí.
La mañana siguiente me levanté temprano y salí de la casa. Debía ventilar mi mente. Caminé por los huertos y me acerqué a una pequeña duna de arena en donde habían unos niños jugando. Me acerqué para observarlos
y gran sorpresa me llevé al darme cuenta que todos tenían la misma cara que la del retrato que colgaba en mi habitación. Asustado y desesperado, corrí a mi casa.
Esa cara esos labios esa mirada que parecen desgarrar el alma y convertirla en lágrimas que caen al piso y salen disparadas hacia el corazón congelándolo dañándolo.
Su mirada su mirada su mirada qué tiene su mirada qué provoca su mirada hacia donde me lleva su mirada.
Entré deprisa a la casa y miré el cuadro. Solo colgaba un marco con fondo negro. El retrato no estaba. Tomé mi cabeza y la azoté en contra la pared:
¡Te estás volviendo loco!¡Deja de pensar huevadas!¡Deja de imaginar huevadas! - grité con todas mis fuerzas.
Volví a observar el cuadro y nuevamente estaba completo. El retrato permanecía allí, mirándome burlonamente, sin decir nada.
- ¡No estoy loco! - le grité.
Me subí sobre la cama, agarré el cuadro y lo llevé al patio. Fui en busca de mis cuentos y encendí un fósforo, quemándolos junto al el. Lentamente las llamas los devoraron y la mirada porfiada del retrato desapareció.
Me acosté e intenté dormir.
Algo tenía ese rostro. Algo quería recordarme mas yo era incapaz de hacerlo.
No pude dormir.
Me levanté y fui al baño a tomar un poco de agua. Salpiqué mi rostro y me vi al espejo. Tenía los ojos desorbitados, estaba pálido y mis labios se comenzaron a adelgazar. Mi mirada se volvió ardiente y comenzó a quemarme. Volví al cuarto. Sobre la cama colgaba tranquilamente el cuadro que había destruido.
Elle.
Elle.
Elle.
El retrato pronunció mi nombre mil veces.
Gritando, tomé mis cosas y huí. Salí corriendo de la casa. Sentía que me perseguía. Corrí con más fuerzas. Me escondí en un huerto abandonado, bajo un árbol. Su rostro no abandonaba mi cabeza. Me acosté, escribí un poco para calmarme. Tenía frío, así que saqué una vieja manta que alguna vez había encontrado y de ella cayó un amarillento papel. Lo leí. Era la última página del libro. En la parte de arriba decía:
''Esta noche se escribirá el final''
Cerré mis ojos, pero las lágrimas me hicieron abrirlos nuevamente. Comencé a ver todo borroso, mientras una voz que gritaba mi nombre se acercaba cada vez más.
Me desmayé.
Lentamente me recuperé y me levanté. Miré a mi alrededor. No había nada. Me acosté nuevamente bajo el árbol y unas frías manos comenzaron a acariciar mi espalda, la recorrieron despacio, haciéndome cosquillas, excitándome.
''Aquí está Pierre, para servirle'' - me pronunció suavamente al oído.
Espantado me levanté. No había nada. No había nadie. Estaba solo yo. Yo y mis recuerdos. Misteriosamente mi mente recordaba todo.
Carlos, Karina, Octavio, la obra, el asesinato, las lágrimas, la promesa, el cuento, la huida. Todo.
Claro está, también recordaba a Pierre. El retrato que me había acompañado todo este tiempo era él. ¿Por qué había vuelto? ¿Venía a cumplir su parte del trato? Ya no me interesaba. Estaba tan arrepentido de haber hecho el esfuerzo por recordar que me largué a llorar. Quería olvidarlo todo nuevamente. Estaba desesperado.
Esa noche pensé demasiado y concluí que lo mejor sería encerrar todos mis recuerdos en un papel y luego quemarlos. ¡Era obvio! ¡Eso debía hacer para olvidar! Así fue como comencé a escribir esto.
Pasaron los días. Me escondía todas las noches en un lugar distinto del pueblo. Pierre me seguía, pero cuando me daba vuelta para ver si estaba, nada encontraba. Yo sabía que estaba muy cerca mío, pero, sin embargo, solo estaba yo.
Estaba cansado. Ya no dormía y mis manos tiritaban tanto que tenía que hacer gran esfuerzo para escribir. Fueron semanas horribles. Me escondía en los lugares más inimaginables para que Pierre no me encontrara.
No lo quería ver. Le temía. Algo me decía que me había engañado y que aun no encontraba la pieza que le faltaba para terminar su obra. Esa pieza era yo. Pierre debía matarme para dejarme tranquilo. Si me mataba su obra estaría completa. Sí, sí. Yo era la pieza que él buscaba. ¿Como no me di cuenta antes? ¡Era yo lo que buscaba!¡Soy yo la última pieza!
Decidí que me entregaría. Salí de mi escondite y lo comencé buscar. Él sabía que lo estaba buscando. Me seguía, pero ahora era él quien se escondía de mí.
¡Aquí estoy Pierre!¡Aquí está la pieza que necesitas!¡Ya no quiero saber el final, pues el final soy yo! - Grité. Los cerros se encargaron de transmitir mi mensaje.
Ya era tarde. Tenía calor. Me acerqué a un estanque y lavé mi cara. Me resfregué con fuerza. Miré mi reflejo:
Estaba flaco y con la mirada perdida. De repente, vi algo extraño detrás mío.
¿Pierre? -Pregunté
La figura seguía allí. No pareció inmutarse.
Me di vuelta y Pierre me miraba fijamente, con rabia. No podía creerlo. No podía estar sucediendo. Luego de dos años había aparecido nuevamente. Antes de que dijiera nada, se había abalanzado sobre mí y apretaba fuertemente mi cuello.
- Te dije que me olvidaras. ¿Lo recuerdas?
- Lo sé. ¡Pero tú te encargaste de aparecer nuevamente en mi vida y en mi mente! - le grité desafiante
- Te equivocas muchacho...
- No me equivoco Pierre. Tú me engañaste. Yo soy la pieza que te falta. Tú me utilizaste. ¡Descubrí todo!
- Qué inteligente eres ¿Te lo han dicho? lo dudo. Pero ya que te entregas a mí, procedamos a terminar el cuadro ¿Me ayudas?
- ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no me dejas en paz? - reclamé
- ¡Eres un malagradecido imbécil! Te ayudé a quitarte de encima lo que más te hacía daño y mira como me tratas. Yo solo vine para terminar de auxiliarte y darte el final que tanto deseas. Lástima que tu deseo coincida con el mío.
- ¿Qué quieres decir? ¡Díme! - le grité.
Comencé a llorar producto de la desesperación. Sus frías manos apretaban con fuerza mi cuello y no podía zafarme.
- No hay peor pecado que romper la promesa que te haces a ti mismo.
- No entiendo de qué hablas. Huí y te olvidé. Cumplí la parte del trato.
- Debías sacarme de tu mente, idiota. No lo hiciste. Olvidar es la única forma de seguir avanzando. Ahora, por tu culpa, el remordimiento te terminará matando.
- Yo no hice nada malo. Fuiste tú quien me lo ordenó. Yo solo cumplí.
- ¿No entiendes nada cierto? Ahora que lo pienso, tienes razón. El remordimiento no te matará, pues el que te matará soy yo.
Y lentamente sus dedos se apretaron violentamente alrededor de mi cuello. Sentí como sus uñas comenzaron a rasgar mi piel. No podía gritar. No podía respirar.
La mirada de Pierre era intimidante. Atravesaba mi piel, retorciéndola, incendiándola. Por más que hacía el intento de zafarme no lo lograba. Le rogué con la mirada, pero no conseguí nada, salvo más dolor. Cada vez me apretaba con más fuerza. De reojo noté como las lágrimas se mezclaban con la sangre y caían al piso. Era el final, estaba claro. El final que tanto busqué. La obra que tanto admiré. Cerré mis ojos esperando que la muerte llegara, pero nada ocurría. Seguía vivo y el dolor era cada vez más penetrante e insoportable. Abrí los ojos y gran sorpresa me llevé al percatarme que Pierre no estaba.
No había nadie.
Solo estaba yo apretando con todas mis fuerzas mi cuello, con las manos cubiertas de sangre.
Intenté sacarlas pero no pude. Intenté pedir ayuda, pero tampoco lo conseguí. Mis manos me apretaban con una fuerza abismante que no podía controlar.
El dolor era tan grande que me desmayé.
Desperté unos minutos después moribundo, con rasguños en todo mi cuerpo y con dos orificios profundos en cada lado de mi cuello. La sangre no paraba de salir.
Intenté agarrar un lápiz y un papel pero caí nuevamente. Todo había acabado. Mi cuerpo quedó allí tirado desangrándose. Creo que nadie se enteró.
La obra era perfecta. Estaba yo, aplastando a mi padre, hundiendo su cabeza en un cerro de doncellas sangrientas. La cima de la perfección era yo. El final del cuento era yo.
Ahora, no sé donde estoy. Solo sé que escribo atrapado en un montón de letras. No sé si existo o si soy un mero recuerdo de alguna mente obsesionada. No sé como llegué acá. No sé si estoy vivo. No sé si quiero vivir. Lo que sí sé, es que el cuadro, al fin fue terminado.
Elle.
Fin
domingo, 1 de mayo de 2011
Poema Inconcluso (III parte)
Cuando cierro mis ojos y evoco en mi mente la figura de Carlos, solo veo algo que pareciera ser una mancha negra. No logro recordar del todo sus gestos, sus facciones, su cara. Tampoco es que esté todo el día intentando recordarlo, es solo que, a veces, siento que quiere venir a mí pero no me encuentra pues yo de a poco lo estoy expulsando de mi cabeza. No hay espacio para dos personas en ella. Una frase que me quedó marcada y que está constantemente dando vueltas en mi mente dice que cuando la obra de arte está terminada, al artista no le queda otra opción que olvidarla para poder seguir creando, sino nos quedaríamos estancados permanentemente. Eso fue una de las tantas cosas que aprendí de Pierre y que en su momento no comprendí, pero ahora que miro hacia atrás y logro ver mi vida desde una panorámica privilegiada, le encuentro mucho sentido.
Más de alguien que esté leyendo estas líneas no debe estar entendiendo nada y debe pensar que me volví loco y que estoy encerrado en un manicomio sin hacer otra cosa que escribir. Y bueno, puede que tengan razón. Yo tampoco entiendo mucho, pero está lejos de mis prioridades querer comprender lo que ha pasado.
Me ordeno. Una noche calurosa de Santiago, hace dos años, apareció en mi cuarto Pierre. Sí, él mismo. De carne y hueso. No sé como me encontró ni como logró entrar a mi casa, pero allí estaba, parado frente a mí, ofreciéndome su ayuda para la misión que yo mismo me había encomendado. Reconozco que mi primera impresión no fue de las mejores, pues me asusté y estuve a punto de pedir ayuda, pero con el transcurso de los minutos me di cuenta que Pierre estaba allí solo para ayudarme.
Esa es una imagen que no puedo sacar de mi cabeza: Un hombre alto, muy alto, con la piel tan blanca que brillaba en la oscuridad. Tenía unos labios muy delgados, algo pálidos. Su mirada era penetrante, daba la sensación que con solo observarte sabía todo lo que estabas pensando. Lo más curioso de todo resultó ser que Pierre era idénticamente igual al Pierre que tanto me había imaginado y que habitaba solo en mi cabeza, por eso cuando lo vi no tuve duda alguna que era él.
Cuando pude reponerme del impacto de verlo parado frente a mí, intenté tirarle encima todas las dudas que me invadieron desde que había leído su historia, pero estas se quedaron atrapadas en mi garganta y enmudecí. Solo lo miré lastimosamente. Él pareció notar mi desesperación, pues su fría mano se posó sobre mi hombro e inmediatamente me relajé.
''No tienes nada de que preocuparte. Solo estoy aquí para ayudarte y para que me ayudes.''
Fue lo único que me dijo esa noche. Yo solo atiné a asentir. Luego su mano apuntó bajo mi cama y comprendí que debía descansar. Que mañana sería otro día.
Que debía olvidarme de todo.
Esa fue la última noche que logré dormir en paz. Mi mente durmió en paz. No me desperté atormentado por mis ideas como sucedía habitualmente. Sentí que todo iría bien.
La mañana siguiente desperté y el silencio, como siempre, invadía la casa. Sin acordarme de lo que había sucedido la noche anterior, me vestí y me senté en el comedor y bebí una ardiente taza de café. Escuché la radio. Ola de calor en Santiago, un temblor en Arica, un robo en Las Condes. Nada nuevo. Me levanté y me dirigí a mi cuarto con el propósito de escribir, quizás el Octavio cuando llegara de la escuela querría escuchar una de mis historias. Abrí la puerta y sentado en mi escritorio estaba Pierre. De golpe me acordé de todo. No estaba nervioso, quizás un poco ansioso.
- Buenos días Elle. Te veo mejor que anoche. ¿Dormiste bien? - me preguntó lentamente
- Sí. Gracias por preguntar. Tengo muchas preguntas...
- Lo sé, lo sé. Todo a su tiempo. - Me interrumpió
- ¿En verdad existes? - le pregunté
- ¿Acaso no me ves? Estoy aquí. Y solo quiero que me ayudes a terminar con mi obra.
- No estoy entendiendo.
- Sabes que te soy de gran utilidad. Tú quieres terminar algo, y ese algo precisamente es la obra por la que he vivido todos estos años. El trato es simple, tú me ayudas, yo te ayudo.
- No logro comprender cual es mi utilidad...
- Tú tienes algo que me daña, algo que me robó las esperanzas, un ser que me dejó abandonado, a la deriva, perdido en la vida, solo en la oscuridad. Necesito que me lo entregues. Es la pieza que me falta para finalizar mi obra de arte. Tú me das esa pieza, y yo te cuento el final de la historia, para que de una vez por todas sepas en que termina todo.
En el momento no entendí su propuesta, pero me hipnotizó eso de saber el final del cuento. Años imaginando, inventando y creando, pero jamás logré dar con un final que realmente me convenciera. ¿Qué mejor que el propio protagonista te cuente el final de la historia? Suena algo esquizofrénico, lo sé. Pero cuando nada se tiene, nada se puede perder. Sin pensarlo demasiado acepté su oferta. Su fría mano se estrechó contra la mía. Sentí que un hielo demasiado frío rodeaba mi corazón, aún así, me sentí en paz. Luego, Pierre se fue. Desapareció sin decirme que era lo que debía hacer. Supuse que volvería y allí le tendría que entregar la pieza que me pedía.
¿Qué podía ser? No tenía muchas cosas de valor salvo un reloj que cuando era chico me había regalado Carlos. ¿Y si quería el libro? Era lo más importante que tenía. De ser así era mucho pedir pues sería como despojarme de lo único que le daba sentido a mi vida. No quería eso.
No podía quitármelo.
Eso sucedió un miercoles. Jamás lo voy a olvidar. Me quedé todo el día sentado en mi cama mirando la descascarada pared, esperando a que Pierre volviera.
El tiempo pasó lentamente. El silencio era atronador. Solo el ruido de motores de buses a lo lejos o gritos de señoras reclamando por quien sabe qué lo interrumpía.
Eran las tres. Las cuatro. Las cinco. Las seis. El tiempo no dejaba de transcurrir. Anocheció y nada ocurrió.
Pierre no volvió.
De repente, la puerta de la casa se abrió y unos pasos se acercaron raudamente a mi habitación. Me levanté de la cama para abrirle la puerta a Pierre, pero no era él. Carlos estaba frente a mi puerta con dos maletas, parecía más tranquilo.
- Elle, creo que tenemos que hablar. - Me dijo.
- ¿Ya me tengo que ir de la casa?
- No lo tomes a mal. Siento que estar mucho tiempo encerrado te ha hecho mal. Quiero que te distraigas, corras y trabajes, para que crezcas. El Octavio ya está grande, no necesita que alguien lo cuide...
- ¿Entonces porque no necesitas mi ayuda debo irme? - lo interrumpí.
- Es por tu bien hijo. No será para toda la vida, es solo por un año. Toma, aquí están el boleto de tu bus. Partes el jueves en la noche. Y toma estas maletas, trata de no llevar mucho, allá en el norte tendrás de todo.
Sin decir más, me abrazó y se dio la media vuelta. Cuando sus brazos tocaron mi cuerpo, volví a sentir mucho frío en el corazón. O algo así, no sé como describirlo.
Yo me quedé parado allí en la puerta. Impávido. Quería llorar, pero las lágrimas no salían.
Cerré la puerta de mi cuarto y gran sorpresa me llevé al percatarme que Pierre estaba nuevamente sentado en mi escritorio.
- Eso es lo que quiero, querido Elle.
En ese instante me pareció comprender todo. Pero tuve miedo de tener la razón. No le quise preguntar. En silencio, dejé las maletas y el boleto a un lado, y me senté en la cama. Miré fijamente a Pierre esperando a que terminara de hablar.
- Eso que tienes, es lo que me robó el alma. Por culpa de él mi corazón solo es dolor y frialdad. Pero si tú me lo entregas, podré ver finalizada la obra por la que he trabajado toda mi vida y será tanta mi alegría que todo sufrimiento habrá desaparecido de mi cuerpo.
- ¿Qué es lo que quieres Pierre? Por favor sé claro, no estoy entendiendo - le mentí.
- Quiero a tu padre. Quiero el cuerpo de tu padre. Quiero que sea la cúspide del cerro de doncellas que colecciono, y que desde las alturas las domine, que esté por sobre ellas aplastándolas, exprimiendo su sangre y sus lágrimas. Imagina la escena, es el cuadro perfecto.
Inmediatamente una imagen espectacular se apareció en mi cabeza. Era un cuadro hermoso e inefable que hizo que mi piel se granizara. Entendía lo que quería Pierre y me gustaba.
- ¿Pero por qué mi padre?
- Tú, más que nadie tiene la respuesta. Lo sabes bien.
- ¿Qué es lo que debo hacer Pierre? - Pregunté entusiasmado
- Es simple. Debes buscar la daga más brillante y enterrarla en su corazón en aquella hora en que aun existe luz, pero el sol ya no está. Cuando su alma haya abandonado el cuerpo, yo vendré a buscarlo y te contaré el final de la historia.
- Entiendo tu idea. Tu obra es maravillosa, pero es mi padre, no tengo las fuerzas suficientes para matarlo.
- ¿Y él tuvo las fuerzas suficientes para dejarte ir?
No dije nada. Me callé.
- Sabes lo que tienes que hacer. No me falles. Es la gran oportunidad de tu vida.
Y desapareció. Las lágrimas caían en picada por mi mejilla. Pero no eran lágrimas de tristeza, eran de felicidad. Eran de la alegría que jamás había sentido. Me sentía lleno de esperanza. Tenía miedo, es obvio, pero la felicidad lograba aplacarlo.
Esa noche no dormí. Me oculté bajo la cama y escribí mucho, tanto que mi mano no respondía producto del adormecimiento. Tanto que amaneció sin que me diera cuenta.
Tomé la última hoja del libro de Pierre y leí los finales que había escrito. Me parecían ridículos. Irrisorios. Al fin mi mente pararía de inventar desenlaces estúpidos pues sería dueño del verdadero desenlace de la historia. Tomé un lápiz, y con gran esfuerzo escribí sobre la hoja:
''Esta noche se escribirá el final''
Me dormí. Soñé muchas cosas. No recuerdo qué. Solo sé que soñé.
Desperté cerca de las cinco de la tarde y me levanté rápidamente. Tomé uno de los bolsos que me había traído Carlos y lo llené con mis libros, lápices y hojas.
Fui a la cocina y saqué el cuchillo más grande, brillante e intimidante. Lo llevé a mi pieza y lo escondí bajo la cama. No sabía bien lo que estaba haciendo, pero algo me decía que era lo correcto. Era como si alguien controlara mis movimientos.
Cerca de las ocho de la tarde, miré por la ventana y el sol se había ocultado. Tenía poco tiempo antes de que se oscureciera. Tenía que conseguir la pieza antes de ese momento, sino la obra no resultaría. Me puse nervioso pues Carlos no aparecía. Los minutos pasaban y el silencio seguía inpertérrito inunando la casa.
De repente, siento un ruido. Se escuchaban voces. Saqué el cuchillo y me dirigí al comedor. Me escondí detrás de una pared y miré para ver quien había llegado.
Me paralicé. No podía estar pasando. Estaba Carlos y Octavio jugando, abranzándose y riendo con muchas ganas. No podía detenerme. Quedaba poco tiempo.
Cerré mis ojos y corrí con todas las fuerzas. Me abalancé sobre mi padre, y antes de que este se diera cuenta, había atravesado su corazón. La sangre salía a borbotones por su camisa. No dijo nada, solo me miró con pena, y antes de exhalar su último suspiro, intentó tomar mi mano, mas la suya cayó violentamente sobre el piso.
Frente a mí, contemplaba con horror la escena el pendejo. Estaba pálido, inmóvil.
No podía dejarlo con este recuerdo y hacer que cargara con él toda su vida, no lo merecía. - pensé
Me paré y lo empujé. Cayó al piso, llorando, asustado.
- Hermanito, por favor, perdóname, te lo ruego, perdóname. - me rogaba entre sollozos.
- Perdóname tú a mí, Octavio.
Y enterré el cuchillo también en su diminuto corazón. Sentí como la daga atravesaba cada célula de su pequeño cuerpo. Sentí como su corazón lentamente dejaba de latir. Sentí su dolor. También sentí como con cada lágrima mi corazón se enfriaba un poco más.
Luego, me senté en una silla del comedor a esperar.
Esperar.
Esperar.
¿Esperar qué? ¿Esperar morir? ¿Esperar vivir?
Ambos cuerpos se desangraban lentamente y teñían el piso de rojo. Me levanté, y con mis dedos cerré los párpados de Carlos.
Octavio había muerto con sus ojos cerrados.
Corrí a mi pieza, tomé la maleta y el boleto del bus. Volví a la cocina y allí estaba Pierre arrastrando el cuerpo de Carlos.
- ¿Donde lo llevas? - Le pregunté.
- A la colección. Lo has hecho bien. - Me dijo con mucha calma
- ¿Qué hago ahora Pierre?
- Debes huir. Escóndete lejos, y cuando estés en un lugar seguro, te encontraré para darte lo que te debo.
- Dijiste que me contarías el final ahora, lo prometiste - reclamé
- Terminar la obra es primero. Huye Elle. Huye lejos y rápido. Olvídate de mi existencia y dame un tiempo para terminar el cuadro. Ta daré lo que te debo, te lo prometo, pero debes prometerme que me sacarás de tu cabeza hasta que te encuentre nuevamente.
Me sentí decepcionado, pero se lo prometí. Y salí de la casa corriendo. Lloré en el camino. Tenía miedo.
Llegué al terminal. La gente pasaba sin mirarme, como ignorando que yo estaba allí. Encontré mi bus. Me subí y me senté casi al final. Saqué de la mochila el libro de Pierre, necesitaba leerlo nuevamente. Lo abrí, pero apenas lo hice me dormí profundamente y no supe más de mi.
(Continuará...)
Más de alguien que esté leyendo estas líneas no debe estar entendiendo nada y debe pensar que me volví loco y que estoy encerrado en un manicomio sin hacer otra cosa que escribir. Y bueno, puede que tengan razón. Yo tampoco entiendo mucho, pero está lejos de mis prioridades querer comprender lo que ha pasado.
Me ordeno. Una noche calurosa de Santiago, hace dos años, apareció en mi cuarto Pierre. Sí, él mismo. De carne y hueso. No sé como me encontró ni como logró entrar a mi casa, pero allí estaba, parado frente a mí, ofreciéndome su ayuda para la misión que yo mismo me había encomendado. Reconozco que mi primera impresión no fue de las mejores, pues me asusté y estuve a punto de pedir ayuda, pero con el transcurso de los minutos me di cuenta que Pierre estaba allí solo para ayudarme.
Esa es una imagen que no puedo sacar de mi cabeza: Un hombre alto, muy alto, con la piel tan blanca que brillaba en la oscuridad. Tenía unos labios muy delgados, algo pálidos. Su mirada era penetrante, daba la sensación que con solo observarte sabía todo lo que estabas pensando. Lo más curioso de todo resultó ser que Pierre era idénticamente igual al Pierre que tanto me había imaginado y que habitaba solo en mi cabeza, por eso cuando lo vi no tuve duda alguna que era él.
Cuando pude reponerme del impacto de verlo parado frente a mí, intenté tirarle encima todas las dudas que me invadieron desde que había leído su historia, pero estas se quedaron atrapadas en mi garganta y enmudecí. Solo lo miré lastimosamente. Él pareció notar mi desesperación, pues su fría mano se posó sobre mi hombro e inmediatamente me relajé.
''No tienes nada de que preocuparte. Solo estoy aquí para ayudarte y para que me ayudes.''
Fue lo único que me dijo esa noche. Yo solo atiné a asentir. Luego su mano apuntó bajo mi cama y comprendí que debía descansar. Que mañana sería otro día.
Que debía olvidarme de todo.
Esa fue la última noche que logré dormir en paz. Mi mente durmió en paz. No me desperté atormentado por mis ideas como sucedía habitualmente. Sentí que todo iría bien.
La mañana siguiente desperté y el silencio, como siempre, invadía la casa. Sin acordarme de lo que había sucedido la noche anterior, me vestí y me senté en el comedor y bebí una ardiente taza de café. Escuché la radio. Ola de calor en Santiago, un temblor en Arica, un robo en Las Condes. Nada nuevo. Me levanté y me dirigí a mi cuarto con el propósito de escribir, quizás el Octavio cuando llegara de la escuela querría escuchar una de mis historias. Abrí la puerta y sentado en mi escritorio estaba Pierre. De golpe me acordé de todo. No estaba nervioso, quizás un poco ansioso.
- Buenos días Elle. Te veo mejor que anoche. ¿Dormiste bien? - me preguntó lentamente
- Sí. Gracias por preguntar. Tengo muchas preguntas...
- Lo sé, lo sé. Todo a su tiempo. - Me interrumpió
- ¿En verdad existes? - le pregunté
- ¿Acaso no me ves? Estoy aquí. Y solo quiero que me ayudes a terminar con mi obra.
- No estoy entendiendo.
- Sabes que te soy de gran utilidad. Tú quieres terminar algo, y ese algo precisamente es la obra por la que he vivido todos estos años. El trato es simple, tú me ayudas, yo te ayudo.
- No logro comprender cual es mi utilidad...
- Tú tienes algo que me daña, algo que me robó las esperanzas, un ser que me dejó abandonado, a la deriva, perdido en la vida, solo en la oscuridad. Necesito que me lo entregues. Es la pieza que me falta para finalizar mi obra de arte. Tú me das esa pieza, y yo te cuento el final de la historia, para que de una vez por todas sepas en que termina todo.
En el momento no entendí su propuesta, pero me hipnotizó eso de saber el final del cuento. Años imaginando, inventando y creando, pero jamás logré dar con un final que realmente me convenciera. ¿Qué mejor que el propio protagonista te cuente el final de la historia? Suena algo esquizofrénico, lo sé. Pero cuando nada se tiene, nada se puede perder. Sin pensarlo demasiado acepté su oferta. Su fría mano se estrechó contra la mía. Sentí que un hielo demasiado frío rodeaba mi corazón, aún así, me sentí en paz. Luego, Pierre se fue. Desapareció sin decirme que era lo que debía hacer. Supuse que volvería y allí le tendría que entregar la pieza que me pedía.
¿Qué podía ser? No tenía muchas cosas de valor salvo un reloj que cuando era chico me había regalado Carlos. ¿Y si quería el libro? Era lo más importante que tenía. De ser así era mucho pedir pues sería como despojarme de lo único que le daba sentido a mi vida. No quería eso.
No podía quitármelo.
Eso sucedió un miercoles. Jamás lo voy a olvidar. Me quedé todo el día sentado en mi cama mirando la descascarada pared, esperando a que Pierre volviera.
El tiempo pasó lentamente. El silencio era atronador. Solo el ruido de motores de buses a lo lejos o gritos de señoras reclamando por quien sabe qué lo interrumpía.
Eran las tres. Las cuatro. Las cinco. Las seis. El tiempo no dejaba de transcurrir. Anocheció y nada ocurrió.
Pierre no volvió.
De repente, la puerta de la casa se abrió y unos pasos se acercaron raudamente a mi habitación. Me levanté de la cama para abrirle la puerta a Pierre, pero no era él. Carlos estaba frente a mi puerta con dos maletas, parecía más tranquilo.
- Elle, creo que tenemos que hablar. - Me dijo.
- ¿Ya me tengo que ir de la casa?
- No lo tomes a mal. Siento que estar mucho tiempo encerrado te ha hecho mal. Quiero que te distraigas, corras y trabajes, para que crezcas. El Octavio ya está grande, no necesita que alguien lo cuide...
- ¿Entonces porque no necesitas mi ayuda debo irme? - lo interrumpí.
- Es por tu bien hijo. No será para toda la vida, es solo por un año. Toma, aquí están el boleto de tu bus. Partes el jueves en la noche. Y toma estas maletas, trata de no llevar mucho, allá en el norte tendrás de todo.
Sin decir más, me abrazó y se dio la media vuelta. Cuando sus brazos tocaron mi cuerpo, volví a sentir mucho frío en el corazón. O algo así, no sé como describirlo.
Yo me quedé parado allí en la puerta. Impávido. Quería llorar, pero las lágrimas no salían.
Cerré la puerta de mi cuarto y gran sorpresa me llevé al percatarme que Pierre estaba nuevamente sentado en mi escritorio.
- Eso es lo que quiero, querido Elle.
En ese instante me pareció comprender todo. Pero tuve miedo de tener la razón. No le quise preguntar. En silencio, dejé las maletas y el boleto a un lado, y me senté en la cama. Miré fijamente a Pierre esperando a que terminara de hablar.
- Eso que tienes, es lo que me robó el alma. Por culpa de él mi corazón solo es dolor y frialdad. Pero si tú me lo entregas, podré ver finalizada la obra por la que he trabajado toda mi vida y será tanta mi alegría que todo sufrimiento habrá desaparecido de mi cuerpo.
- ¿Qué es lo que quieres Pierre? Por favor sé claro, no estoy entendiendo - le mentí.
- Quiero a tu padre. Quiero el cuerpo de tu padre. Quiero que sea la cúspide del cerro de doncellas que colecciono, y que desde las alturas las domine, que esté por sobre ellas aplastándolas, exprimiendo su sangre y sus lágrimas. Imagina la escena, es el cuadro perfecto.
Inmediatamente una imagen espectacular se apareció en mi cabeza. Era un cuadro hermoso e inefable que hizo que mi piel se granizara. Entendía lo que quería Pierre y me gustaba.
- ¿Pero por qué mi padre?
- Tú, más que nadie tiene la respuesta. Lo sabes bien.
- ¿Qué es lo que debo hacer Pierre? - Pregunté entusiasmado
- Es simple. Debes buscar la daga más brillante y enterrarla en su corazón en aquella hora en que aun existe luz, pero el sol ya no está. Cuando su alma haya abandonado el cuerpo, yo vendré a buscarlo y te contaré el final de la historia.
- Entiendo tu idea. Tu obra es maravillosa, pero es mi padre, no tengo las fuerzas suficientes para matarlo.
- ¿Y él tuvo las fuerzas suficientes para dejarte ir?
No dije nada. Me callé.
- Sabes lo que tienes que hacer. No me falles. Es la gran oportunidad de tu vida.
Y desapareció. Las lágrimas caían en picada por mi mejilla. Pero no eran lágrimas de tristeza, eran de felicidad. Eran de la alegría que jamás había sentido. Me sentía lleno de esperanza. Tenía miedo, es obvio, pero la felicidad lograba aplacarlo.
Esa noche no dormí. Me oculté bajo la cama y escribí mucho, tanto que mi mano no respondía producto del adormecimiento. Tanto que amaneció sin que me diera cuenta.
Tomé la última hoja del libro de Pierre y leí los finales que había escrito. Me parecían ridículos. Irrisorios. Al fin mi mente pararía de inventar desenlaces estúpidos pues sería dueño del verdadero desenlace de la historia. Tomé un lápiz, y con gran esfuerzo escribí sobre la hoja:
''Esta noche se escribirá el final''
Me dormí. Soñé muchas cosas. No recuerdo qué. Solo sé que soñé.
Desperté cerca de las cinco de la tarde y me levanté rápidamente. Tomé uno de los bolsos que me había traído Carlos y lo llené con mis libros, lápices y hojas.
Fui a la cocina y saqué el cuchillo más grande, brillante e intimidante. Lo llevé a mi pieza y lo escondí bajo la cama. No sabía bien lo que estaba haciendo, pero algo me decía que era lo correcto. Era como si alguien controlara mis movimientos.
Cerca de las ocho de la tarde, miré por la ventana y el sol se había ocultado. Tenía poco tiempo antes de que se oscureciera. Tenía que conseguir la pieza antes de ese momento, sino la obra no resultaría. Me puse nervioso pues Carlos no aparecía. Los minutos pasaban y el silencio seguía inpertérrito inunando la casa.
De repente, siento un ruido. Se escuchaban voces. Saqué el cuchillo y me dirigí al comedor. Me escondí detrás de una pared y miré para ver quien había llegado.
Me paralicé. No podía estar pasando. Estaba Carlos y Octavio jugando, abranzándose y riendo con muchas ganas. No podía detenerme. Quedaba poco tiempo.
Cerré mis ojos y corrí con todas las fuerzas. Me abalancé sobre mi padre, y antes de que este se diera cuenta, había atravesado su corazón. La sangre salía a borbotones por su camisa. No dijo nada, solo me miró con pena, y antes de exhalar su último suspiro, intentó tomar mi mano, mas la suya cayó violentamente sobre el piso.
Frente a mí, contemplaba con horror la escena el pendejo. Estaba pálido, inmóvil.
No podía dejarlo con este recuerdo y hacer que cargara con él toda su vida, no lo merecía. - pensé
Me paré y lo empujé. Cayó al piso, llorando, asustado.
- Hermanito, por favor, perdóname, te lo ruego, perdóname. - me rogaba entre sollozos.
- Perdóname tú a mí, Octavio.
Y enterré el cuchillo también en su diminuto corazón. Sentí como la daga atravesaba cada célula de su pequeño cuerpo. Sentí como su corazón lentamente dejaba de latir. Sentí su dolor. También sentí como con cada lágrima mi corazón se enfriaba un poco más.
Luego, me senté en una silla del comedor a esperar.
Esperar.
Esperar.
¿Esperar qué? ¿Esperar morir? ¿Esperar vivir?
Ambos cuerpos se desangraban lentamente y teñían el piso de rojo. Me levanté, y con mis dedos cerré los párpados de Carlos.
Octavio había muerto con sus ojos cerrados.
Corrí a mi pieza, tomé la maleta y el boleto del bus. Volví a la cocina y allí estaba Pierre arrastrando el cuerpo de Carlos.
- ¿Donde lo llevas? - Le pregunté.
- A la colección. Lo has hecho bien. - Me dijo con mucha calma
- ¿Qué hago ahora Pierre?
- Debes huir. Escóndete lejos, y cuando estés en un lugar seguro, te encontraré para darte lo que te debo.
- Dijiste que me contarías el final ahora, lo prometiste - reclamé
- Terminar la obra es primero. Huye Elle. Huye lejos y rápido. Olvídate de mi existencia y dame un tiempo para terminar el cuadro. Ta daré lo que te debo, te lo prometo, pero debes prometerme que me sacarás de tu cabeza hasta que te encuentre nuevamente.
Me sentí decepcionado, pero se lo prometí. Y salí de la casa corriendo. Lloré en el camino. Tenía miedo.
Llegué al terminal. La gente pasaba sin mirarme, como ignorando que yo estaba allí. Encontré mi bus. Me subí y me senté casi al final. Saqué de la mochila el libro de Pierre, necesitaba leerlo nuevamente. Lo abrí, pero apenas lo hice me dormí profundamente y no supe más de mi.
(Continuará...)
sábado, 26 de marzo de 2011
Poema Inconcluso (II parte)
Pierre, Pierre, Pierre.
A él le debo bastante. Gracias a él sobreviví en la época que sobrevino. Nació el Octavio y todo cambió drásticamente. Mi existencia pasó a segundo plano. Todo lo que hacía estaba dirigido al bienestar del pendejo. Me quedé sin vida. Al principio todo resultaba más fácil, pues no tenía otra cosa que hacer que alimentar al niño y hacerlo dormir. Nada más. El resto del tiempo quedaba para mí y lo ocupaba escribiendo, dándole forma a Pierre. Era mi vía de escape. Sin embargo, las cosas fueron cambiando. Al año siguiente
no entré al colegio como me lo había prometido Carlos y mi vida transcurrió encerrado dentro de esa casa. No tenía con quien hablar, pues en las noches, apenas llegaban mi papá y la Karina, se encerraban con Octavio en su cuarto, y yo quedaba solo en el comedor, mirando por la ventana esperando a que algo pasara. Por eso me aferré a Pierre, disfrutaba imaginando los posibles finales de su historia. Él me salvó.
Anoche, encontré un pequeño huerto abandonado, seco y dañado por el paso del tiempo, pero que sin embargo, aun mantenía un par de árboles frondosos y bastante acogedores. Decidí dormir ahí, pero me costó mucho trabajo pues el frío calaba mis huesos. Busqué en mi mochila algo para cubrirme y mientras sacaba una vieja manta que alguna vez encontré tirada en la calle, un pequeño papel cayó al piso. Estaba muy doblado. Lo recogí y lentamente lo fui abriendo. Tuve frente a mi una hoja amarillenta con algunas manchas pero, sin embargo, aun se podía leer lo que contenía. Mi corazón se aceleró. Me acerqué a un claro de luna que había entre los árboles y comencé a leer.
''Sin pensarlo dos veces miró a su víctima y la besó. La besó tan profundamente que sus labios se desgarraron y sangraron dejando manchada la cara de la muchacha.
Él lo disfrutó. Caminó hacia la puerta, giró lentamente y contempló la magnífica escena: La doncella de rojos cabellos flotaba sobre el piso, impávida, con la piel blanca de horror y con su boca pintada del rojo de los labios de Pierre.
Suspiró y salió por la puerta corriendo sin saber a donde lo llevarían sus pasos. Corrió con todas sus fuerzas, tanto que los latidos del corazón rompían con la quietud de la noche. Debía alcanzar su próximo objetivo antes de que amaneciera, pero ¿Dónde se encontraría? - ninguna obra de arte estaba finalizada sin el retoque final -, pensaba el muchacho, y el tiempo se estaba acabando. Debía finalizar su empresa antes de que saliera el sol. Tenía que encontrar al hombre que le había quitado
las esperanzas y solo de esa forma, el cuadro sería perfecto.
Cuando las fuerzas parecían abandonarlo, Pierre oyó un grupo de jinetes que patrullaban cerca del río. Decidió esconderse en la ladera de un cerro, tras una roca que le permitía ver el camino por donde pasarían los guardias.
El ruido del galope de los caballos iba creciendo y en poco tiempo se encontraron frente a Pierre sin saber que él estaba oculto.
- 'No debe estar muy lejos, por aquí están marcadas sus huellas' - Exclamó uno de los tres guardias
- '¿Por donde seguimos patrón? No se ven más pisadas por acá' - Preguntó el que parecía ser el más joven de los guardias
- 'Sigamos el camino y allá delante bajamos la ladera, debe haberse escondido por allí. Estamos cerca, apenas lo encuentre lo ahorcaré con mis manos.
¡Sigamos andando! - Ordenó el jinete que estaba al medio.
Los caballos siguieron avanzando y mientras se alejaban, una gran sonrisa se formaba en la cara de Pierre. Parecía haber encontrado algo, parecía haber dado con la última pieza de su escultura. Sigilosamente se movió entre las rocas y siguió el mismo camino que habían tomado los guardias. Cuando logró divisarlos nuevamente, se agachó y empezó a gritar. Inmediatamente los guardias se devolvieron y algo asustados comenzaron a buscar el origen del ruido. Pierre esperó
que estuvieran lo suficientemente cerca para actuar.
Cuando estaban solo a unos metros, el muchacho logró ver en todo su esplendor el rostro que buscaba. Su pecho se apretó y la felicidad hizo que la piel se le adormeciera. Sin pensarlo demasiado, se levantó y corrió hacia donde...''
Allí acababa el texto. No seguía, no había nada más. Era la última página del libro con el que me había obsesionado. En la parte posterior de la página, había una serie de notas escritas por mi con ideas para posibles finales. En la esquina superior, decía ''Esta noche se escribirá el final''.
Cuando mis ojos recorrieron esas seis palabras mi mente pareció abrirse y recordar todo.
Le había prometido que lo olvidaría y que huiría para dejarlo en paz. Rompí mi promesa. No sé porqué guardé la hoja. No debería haberlo hecho, si él se llega a enterar me va a castigar.
Eso pensé. Me costó dormir. Lloré. Por miedo, por angustia, por vergüenza. Y cuando las lágrimas parecían ahogarme, me dormí.
Cuando empecé a escribir esto no sabía donde llegaría, pues mi mente estaba cerrada y solo me entregaba vagas imágenes que apenas las vislumbraba, las plasmaba en el papel.
Mi recuerdo más valioso, anoche se apareció frente a mí. Por más que lo guardé en lo más profundo de mi cabeza, allí apareció. Todo por culpa de un simple papel.
Todo lo que siguió fue muy confuso, sin embargo importante. El Octavio creció y me vió como un padre. Se aferró demasiado a mí y eso provocó que Carlos me comenzara a odiar. Aunque me cuesta reconocerlo, yo igual me encariñé con el pendejo, pues era el único que me escuchaba y que se fascinaba con las historias
que le contaba. Por las tardes, cuando él llegaba del jardín, se sentaba en mis brazos y me pedía que le contara algún cuento. Antes de que llegara, yo me pasaba sentado toda la mañana en el escritorio escribiendo algo para él.
Quizás en esa época no me di cuenta, pero me sentía protegido y útil gracias al niño. Nos hicimos dependientes él uno del otro y nos fascinaba estar horas hablando de gallinas voladoras y brujas enamoradas. Sin embargo, Carlos y Karina miraban con recelo nuestra relación, y cada vez que podían,
dejaban al Octavio en casa de amigos o incluso mi papá lo llevaba a su trabajo. Era obvio que querían alejarme de él.
Recuerdo una tarde en que, como siempre, estaba solo en casa. Era verano y el calor inundaba las calles de Santiago. Yo estaba tirado en el sillón, rodeado de hojas en donde había escrito algunos mamarrachos para después contárselos al pendejo. De repente, el silencio de la casa se vio interrumpido por un portazo. Carlos había entrado raudamente. Parecía enojado. Se acercó a mí, me miró con asco y, con toda su fuerza, me dio un puñetazo en la mejilla.
- ¿Estás enfermo huevón? ¡Dímelo! ¿Qué mierda tienes en la cabeza? - me gritó Carlos
- ¿Me quieres decir algo?
- Dime, ¿Cómo mierda se te ocurre inventarle al Octavio que la Karina es una puta? ¡Es un pendejo, idiota! ¿Cómo se te ocurre decirle eso?
- Yo no le he dicho nada - Mentí.
- ¿Ah no? ¿Sabes? El Octavio le dice a sus compañeros, cuando le preguntan por su mamá, que es una prostituta porque su hermano le dijo eso. ¿Acaso está mintiendo el niño?
- Fue un cuento. No le des tanta importancia.
- ¡Me tienes harto! No haces más que meterle mierda en la cabeza al Octavio. No haces nada, ¡Estás enfermo! ¿Tu crees que yo no leo esas mierdas sicóticas que escribes y ocultas en tu pieza?
- Perdón Carlos, pero no deberías meterte donde no te llaman.
- ¡Cállate imbécil! Quiero que ahora mismo arregles tus maletas
- ¿Ah sí? ¿Y por qué? ¿Me echarás de la casa por esto?
- Una hermana de la Karina necesita que alguien le ayude en el campo, en el norte. Te hará bien pasar unos meses allá, quizás así se te limpie la mente.
- No quiero ir - le dije lastimosamente
- Te irás y no hay discusión alguna. Partes en dos días.
- ¿Y quien cuidará a mi hermano?
- ¿Ahora lo llamas hermano? No me vengas con huevadas.
Y sin decir más se dio la media vuelta y se fue.
Yo seguí allí tirado. Aún no procesaba toda la información. Solo sabía que no quería partir, había encontrado en esa casa mi lugar, mi mundo y en el Octavio mi inspiración para escribir.
Me encerré en mi pieza a llorar esa noche. Cuando llegaron Carlos y la Karina, me oculté bajo la cama. Nadie entró a la habitación. Escuché lo que hablaban. Que yo estaba enfermo, que no servía de nada tenerme en la casa, que ya era hora de que trabajara, que le hacía mal al Octavio, que esto había sido
la gota que rebalsó el vaso, que quizá era esquizofrénico.
Me dio lo mismo lo que creyeran de mi. Había decidido que me quedaría bajo esa cama y que viviría allí hasta morir. Mi entretención sería escribir. Pero antes de hacer eso tenía que abastecerme. Caminé hasta el escritorio, tomé unos cuantos lápices y el libro de Pierre. Saqué algunas hojas y me oculté nuevamente
bajo la cama. Comencé a escribir.Tenía todo el tiempo del mundo así que me di el lujo de seguir inventando finales para quien había sido mi salvador todos esos años. Lo transformé en superhéroe, en mago, en rey, en dios. Solo esa noche escribí cerca de veinte desenlaces para Pierre, pero ninguno me convencía.
Todos me parecían vagos, superfluos e incluso infantiles. Entre todos los posibles finales, seleccioné los que más me gustaban y los escribí en la última hoja del libro. Siempre sentí que si lograba darle un buen final a la historia de Pierre, él descansaría en paz y yo habría cumplido mi objetivo en la vida. Él había salvado
mi vida, ahora me tocaba a mí.
Seleccioné cinco posibles finales y los anoté cuidadosamente en el reverso de la última hoja.
Estaba agotado, mi mente había creado mucho y necesitaba dormir. El trabajo de esa noche ya estaba completo, quizás la noche siguiente seleccionaría el final definitivo y lo mejoraría. Abracé el libro y cerré mis ojos.
Estaba quedándome dormido cuando de repente se abrió la puerta de mi pieza. Me quedé en silencio para que Carlos que no se diera cuenta que estaba bajo la cama. En medio de la oscuridad, unos zapatos negros y cubiertos de tierra, se comenzaron a pasear por la habitación lentamente, casi sin hacer ruido.
Pasaba el tiempo y Carlos no se iba. Seguía yendo de un lado a otro; Parecía buscar algo.
El tiempo avanzaba y mi papá permanecía allí. Era obvio que sabía que estaba bajo mi cama y estaba esperando que saliera.
Yo no iba a enfrentarlo, sin embargo decidí hacerlo porque me dejé llevar por la impaciencia. Me molestaba que la gente invadiera mi privacidad. Estaba decidido a salir y sacarlo a empujones de allí. Me armé de valor y lentamente comencé a moverme para escapar de donde estaba. Me arrastré por el piso y cuando estaba fuera, me levanté.
Miré a Carlos y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
No lo podía creer. No sabía que estaba sucediendo, pero una mezcla de alegría y temor llenó mi corazón.
Me observó fijamente con su mirada distante. Recorrió mi rostro, mi cuerpo, sentí que me desgarró el alma con la mirada, y cuando por fin terminó de analizarme, exclamó:
- Un gusto conocerte Elle. Aquí está Pierre, para servirle.
(Continuará...)
A él le debo bastante. Gracias a él sobreviví en la época que sobrevino. Nació el Octavio y todo cambió drásticamente. Mi existencia pasó a segundo plano. Todo lo que hacía estaba dirigido al bienestar del pendejo. Me quedé sin vida. Al principio todo resultaba más fácil, pues no tenía otra cosa que hacer que alimentar al niño y hacerlo dormir. Nada más. El resto del tiempo quedaba para mí y lo ocupaba escribiendo, dándole forma a Pierre. Era mi vía de escape. Sin embargo, las cosas fueron cambiando. Al año siguiente
no entré al colegio como me lo había prometido Carlos y mi vida transcurrió encerrado dentro de esa casa. No tenía con quien hablar, pues en las noches, apenas llegaban mi papá y la Karina, se encerraban con Octavio en su cuarto, y yo quedaba solo en el comedor, mirando por la ventana esperando a que algo pasara. Por eso me aferré a Pierre, disfrutaba imaginando los posibles finales de su historia. Él me salvó.
Anoche, encontré un pequeño huerto abandonado, seco y dañado por el paso del tiempo, pero que sin embargo, aun mantenía un par de árboles frondosos y bastante acogedores. Decidí dormir ahí, pero me costó mucho trabajo pues el frío calaba mis huesos. Busqué en mi mochila algo para cubrirme y mientras sacaba una vieja manta que alguna vez encontré tirada en la calle, un pequeño papel cayó al piso. Estaba muy doblado. Lo recogí y lentamente lo fui abriendo. Tuve frente a mi una hoja amarillenta con algunas manchas pero, sin embargo, aun se podía leer lo que contenía. Mi corazón se aceleró. Me acerqué a un claro de luna que había entre los árboles y comencé a leer.
''Sin pensarlo dos veces miró a su víctima y la besó. La besó tan profundamente que sus labios se desgarraron y sangraron dejando manchada la cara de la muchacha.
Él lo disfrutó. Caminó hacia la puerta, giró lentamente y contempló la magnífica escena: La doncella de rojos cabellos flotaba sobre el piso, impávida, con la piel blanca de horror y con su boca pintada del rojo de los labios de Pierre.
Suspiró y salió por la puerta corriendo sin saber a donde lo llevarían sus pasos. Corrió con todas sus fuerzas, tanto que los latidos del corazón rompían con la quietud de la noche. Debía alcanzar su próximo objetivo antes de que amaneciera, pero ¿Dónde se encontraría? - ninguna obra de arte estaba finalizada sin el retoque final -, pensaba el muchacho, y el tiempo se estaba acabando. Debía finalizar su empresa antes de que saliera el sol. Tenía que encontrar al hombre que le había quitado
las esperanzas y solo de esa forma, el cuadro sería perfecto.
Cuando las fuerzas parecían abandonarlo, Pierre oyó un grupo de jinetes que patrullaban cerca del río. Decidió esconderse en la ladera de un cerro, tras una roca que le permitía ver el camino por donde pasarían los guardias.
El ruido del galope de los caballos iba creciendo y en poco tiempo se encontraron frente a Pierre sin saber que él estaba oculto.
- 'No debe estar muy lejos, por aquí están marcadas sus huellas' - Exclamó uno de los tres guardias
- '¿Por donde seguimos patrón? No se ven más pisadas por acá' - Preguntó el que parecía ser el más joven de los guardias
- 'Sigamos el camino y allá delante bajamos la ladera, debe haberse escondido por allí. Estamos cerca, apenas lo encuentre lo ahorcaré con mis manos.
¡Sigamos andando! - Ordenó el jinete que estaba al medio.
Los caballos siguieron avanzando y mientras se alejaban, una gran sonrisa se formaba en la cara de Pierre. Parecía haber encontrado algo, parecía haber dado con la última pieza de su escultura. Sigilosamente se movió entre las rocas y siguió el mismo camino que habían tomado los guardias. Cuando logró divisarlos nuevamente, se agachó y empezó a gritar. Inmediatamente los guardias se devolvieron y algo asustados comenzaron a buscar el origen del ruido. Pierre esperó
que estuvieran lo suficientemente cerca para actuar.
Cuando estaban solo a unos metros, el muchacho logró ver en todo su esplendor el rostro que buscaba. Su pecho se apretó y la felicidad hizo que la piel se le adormeciera. Sin pensarlo demasiado, se levantó y corrió hacia donde...''
Allí acababa el texto. No seguía, no había nada más. Era la última página del libro con el que me había obsesionado. En la parte posterior de la página, había una serie de notas escritas por mi con ideas para posibles finales. En la esquina superior, decía ''Esta noche se escribirá el final''.
Cuando mis ojos recorrieron esas seis palabras mi mente pareció abrirse y recordar todo.
Le había prometido que lo olvidaría y que huiría para dejarlo en paz. Rompí mi promesa. No sé porqué guardé la hoja. No debería haberlo hecho, si él se llega a enterar me va a castigar.
Eso pensé. Me costó dormir. Lloré. Por miedo, por angustia, por vergüenza. Y cuando las lágrimas parecían ahogarme, me dormí.
Cuando empecé a escribir esto no sabía donde llegaría, pues mi mente estaba cerrada y solo me entregaba vagas imágenes que apenas las vislumbraba, las plasmaba en el papel.
Mi recuerdo más valioso, anoche se apareció frente a mí. Por más que lo guardé en lo más profundo de mi cabeza, allí apareció. Todo por culpa de un simple papel.
Todo lo que siguió fue muy confuso, sin embargo importante. El Octavio creció y me vió como un padre. Se aferró demasiado a mí y eso provocó que Carlos me comenzara a odiar. Aunque me cuesta reconocerlo, yo igual me encariñé con el pendejo, pues era el único que me escuchaba y que se fascinaba con las historias
que le contaba. Por las tardes, cuando él llegaba del jardín, se sentaba en mis brazos y me pedía que le contara algún cuento. Antes de que llegara, yo me pasaba sentado toda la mañana en el escritorio escribiendo algo para él.
Quizás en esa época no me di cuenta, pero me sentía protegido y útil gracias al niño. Nos hicimos dependientes él uno del otro y nos fascinaba estar horas hablando de gallinas voladoras y brujas enamoradas. Sin embargo, Carlos y Karina miraban con recelo nuestra relación, y cada vez que podían,
dejaban al Octavio en casa de amigos o incluso mi papá lo llevaba a su trabajo. Era obvio que querían alejarme de él.
Recuerdo una tarde en que, como siempre, estaba solo en casa. Era verano y el calor inundaba las calles de Santiago. Yo estaba tirado en el sillón, rodeado de hojas en donde había escrito algunos mamarrachos para después contárselos al pendejo. De repente, el silencio de la casa se vio interrumpido por un portazo. Carlos había entrado raudamente. Parecía enojado. Se acercó a mí, me miró con asco y, con toda su fuerza, me dio un puñetazo en la mejilla.
- ¿Estás enfermo huevón? ¡Dímelo! ¿Qué mierda tienes en la cabeza? - me gritó Carlos
- ¿Me quieres decir algo?
- Dime, ¿Cómo mierda se te ocurre inventarle al Octavio que la Karina es una puta? ¡Es un pendejo, idiota! ¿Cómo se te ocurre decirle eso?
- Yo no le he dicho nada - Mentí.
- ¿Ah no? ¿Sabes? El Octavio le dice a sus compañeros, cuando le preguntan por su mamá, que es una prostituta porque su hermano le dijo eso. ¿Acaso está mintiendo el niño?
- Fue un cuento. No le des tanta importancia.
- ¡Me tienes harto! No haces más que meterle mierda en la cabeza al Octavio. No haces nada, ¡Estás enfermo! ¿Tu crees que yo no leo esas mierdas sicóticas que escribes y ocultas en tu pieza?
- Perdón Carlos, pero no deberías meterte donde no te llaman.
- ¡Cállate imbécil! Quiero que ahora mismo arregles tus maletas
- ¿Ah sí? ¿Y por qué? ¿Me echarás de la casa por esto?
- Una hermana de la Karina necesita que alguien le ayude en el campo, en el norte. Te hará bien pasar unos meses allá, quizás así se te limpie la mente.
- No quiero ir - le dije lastimosamente
- Te irás y no hay discusión alguna. Partes en dos días.
- ¿Y quien cuidará a mi hermano?
- ¿Ahora lo llamas hermano? No me vengas con huevadas.
Y sin decir más se dio la media vuelta y se fue.
Yo seguí allí tirado. Aún no procesaba toda la información. Solo sabía que no quería partir, había encontrado en esa casa mi lugar, mi mundo y en el Octavio mi inspiración para escribir.
Me encerré en mi pieza a llorar esa noche. Cuando llegaron Carlos y la Karina, me oculté bajo la cama. Nadie entró a la habitación. Escuché lo que hablaban. Que yo estaba enfermo, que no servía de nada tenerme en la casa, que ya era hora de que trabajara, que le hacía mal al Octavio, que esto había sido
la gota que rebalsó el vaso, que quizá era esquizofrénico.
Me dio lo mismo lo que creyeran de mi. Había decidido que me quedaría bajo esa cama y que viviría allí hasta morir. Mi entretención sería escribir. Pero antes de hacer eso tenía que abastecerme. Caminé hasta el escritorio, tomé unos cuantos lápices y el libro de Pierre. Saqué algunas hojas y me oculté nuevamente
bajo la cama. Comencé a escribir.Tenía todo el tiempo del mundo así que me di el lujo de seguir inventando finales para quien había sido mi salvador todos esos años. Lo transformé en superhéroe, en mago, en rey, en dios. Solo esa noche escribí cerca de veinte desenlaces para Pierre, pero ninguno me convencía.
Todos me parecían vagos, superfluos e incluso infantiles. Entre todos los posibles finales, seleccioné los que más me gustaban y los escribí en la última hoja del libro. Siempre sentí que si lograba darle un buen final a la historia de Pierre, él descansaría en paz y yo habría cumplido mi objetivo en la vida. Él había salvado
mi vida, ahora me tocaba a mí.
Seleccioné cinco posibles finales y los anoté cuidadosamente en el reverso de la última hoja.
Estaba agotado, mi mente había creado mucho y necesitaba dormir. El trabajo de esa noche ya estaba completo, quizás la noche siguiente seleccionaría el final definitivo y lo mejoraría. Abracé el libro y cerré mis ojos.
Estaba quedándome dormido cuando de repente se abrió la puerta de mi pieza. Me quedé en silencio para que Carlos que no se diera cuenta que estaba bajo la cama. En medio de la oscuridad, unos zapatos negros y cubiertos de tierra, se comenzaron a pasear por la habitación lentamente, casi sin hacer ruido.
Pasaba el tiempo y Carlos no se iba. Seguía yendo de un lado a otro; Parecía buscar algo.
El tiempo avanzaba y mi papá permanecía allí. Era obvio que sabía que estaba bajo mi cama y estaba esperando que saliera.
Yo no iba a enfrentarlo, sin embargo decidí hacerlo porque me dejé llevar por la impaciencia. Me molestaba que la gente invadiera mi privacidad. Estaba decidido a salir y sacarlo a empujones de allí. Me armé de valor y lentamente comencé a moverme para escapar de donde estaba. Me arrastré por el piso y cuando estaba fuera, me levanté.
Miré a Carlos y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
No lo podía creer. No sabía que estaba sucediendo, pero una mezcla de alegría y temor llenó mi corazón.
Me observó fijamente con su mirada distante. Recorrió mi rostro, mi cuerpo, sentí que me desgarró el alma con la mirada, y cuando por fin terminó de analizarme, exclamó:
- Un gusto conocerte Elle. Aquí está Pierre, para servirle.
(Continuará...)
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