Resulta que cuando el tiempo sigue corriendo y los espacios cruzan como ráfagas airosas por mi lado, deseo encontrar un rincón alejado de toda ley, de toda física. Un espacio inconmensurable que espere mi llegada para acogerme, para abrazarme, para permitirme cerrar los ojos y explorar aquella extraña y sicodélica mansión que habita en mi mente. Pues al hombre se le olvida que soy humano y que deseo asir cada momento con fuerza, sujetarlo, observarlo, olerlo, abrazarlo. Al hombre se le olvida que soy humano y viene con rabia, me quita cada momento y lo lanza a latitudes que mi cuerpo (y quizás mi mente) jamás podrá alcanzar, obligándome a inmiscuirme en el cruel tiempo que no conoce el perdón pero sí el olvido. Me obliga a ser parte de aquella máquina, puta máquina, que jamás se detiene y que solo desea hacerme un engranaje para lograr su objetivo. Eso soy (somos): Engranajes carentes de voluntad dispuestos de tal manera que buscamos crear la inexistente perfección. ¿Curioso no? El hombre, voluntariamente, reprime su voluntad.
Soy humano, pero al hombre se le olvida. Quiero jugar mi rol, pero apenas la idea cruza mi mente, soy expulsado de la máquina, quedando relegado a un pequeño y sordo lugar, rebelde a las leyes que nosotros mismos nos hemos impuesto.
Resulta que a veces quisiera ser humano, sentarme, abrazar mis piernas y entrar en mi propia mansión que, en estos días, es el único lugar en el que se me permite ser quien soy.
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